Antofagasta y la xenofobia selectiva

Después de largas observaciones y apreciaciones, he llegado a la conclusión que el chileno y específicamente el antofagastino, es xenofóbico y racista, pero selectivo. Permítanme explicarles.

El antofagastino (o antofagastina) promedio es un híbrido; un mutante racial y cultural que se vanagloria de pertenecer a un territorio que en este caso es chileno (si los hechos históricos hubieran dicho otra cosa quizás sería boliviano, peruano o hasta inglés) y que en base a eso busca desesperada e intensamente una identidad en un camino que se aleja bastante de la “nortinidad” establecida por Bahamonde y Sabella. Una búsqueda que lo ha llevado a renegar y hasta avergonzarse de su pasado chango, altiplánico, atacameño y hasta pampino, sumergiéndolo en la corrosiva creencia que pertenece a una especie de raza superior por el hecho de vivir, mendigar, soñar, caminar, reclamar, reproducirse y morir en una región de vasta riqueza repartida de la manera más inequitativa que nos podamos imaginar, quizás hasta feudal. Aún así, el antofagastino o el allegado a estas tierras, cree comúnmente que es un ser superior, avalado por trabajar de una forma u otra, para aquellos que controlan el negocio del cobre, como antes pasó con el salitre. Es esa característica, tan de moda hoy por hoy, que lo ha llevado a mirar a otras nacionalidades y razas como seres inferiores e indeseables, aunque no a todas.

El antofagastino se molesta por la presencia de colombianos, ecuatorianos, peruanos y bolivianos. Dice que son una lacra, estima que su estadía en la zona es para robar los trabajos que son de los chilenos; las mujeres de las procedencias mencionadas son cochinas o maracas. Los niños, pequeños ladrones y los hombres, machistas aprovechadores y estafadores. Claro está que no opina lo mismos de los chinos de los restoranes donde van a comer los fines de semana, ni de los estadounidenses, canadienses y australianos que los contratan. No dicen eso de las colombianas regias y culonas que ven con ojos hambrientos de las calles ni de los negros que trabajan para ellos en el comercio, barriendo calles o haciendo mandados. No se quejan del peruano que les arregla el jardín aunque, prejuiciosamente, piensan que son rateros y hasta violadores. No se lo dicen a la nana que se desvive por sus hijos, aunque todos los días revisan joyas y billeteras esperando que no les hayan robado nada. Temen de un negro que les pida un pucho, pero se lo prenden al gringo que extrae millones de dólares de la misma tierra que por chovinismo dicen nadie se las quitará, menos un boliviano de mierda. No señor, a ellos ni un centímetro de mar, pero al gringo, que es rubio de ojos azules, inteligente, culturalmente más avanzado, le podemos permitir regir los cientos de kilómetros cuadrados de su mina como si fuera una embajada en donde impone sus propias y retorcidas leyes. Eso sí.

Hace poco, el sociólogo César Trabucco me comentaba que la gente necesita un rostro para el mal. En Estados Unidos son los musulmanes. En España y Francia, marroquíes y argelinos. Aquí en Antofagasta, tenemos a los negros: son todos proxenetas, traficantes, estafadores y sucios. Pero ojo, que el gringo que se asienta acá nos tiene a nosotros como pendencieros, flojos, machistas, ignorantes y crédulos; tierra fértil para un negocio exitoso, de bajo costo y menos repercusiones políticas. La diferencia es que a ellos sí les permitimos pensar eso de nosotros con una sonrisa complaciente y resignada porque, claro está, nos dan qué comer. Negros, “bolitas”, “peruchos” y hasta argentinos llegan buscando migajas de aquel negocio mal hecho e injusto que nosotros creemos tan ventajoso y feraz para el país, para esta tierra que creemos es nuestra y que defendemos de la invasión de miles, tanto o más miserables que nosotros, mientras nos dejamos seducir por la niña linda del baile que una vez que nos use a su regalado gusto, nos va a dejar botados por el huevón más encachado de la fiesta (que en este caso y en unos veinte años más, será Perú).

Así, tratamos desesperadamente de hacernos de una identidad mal imitada de quienes miramos como ejemplos a seguir, en vez de relacionarnos con nuestra propia historia y raíces, buscando compadrazgo con aquel que nos mira por sobre el hombro en lugar del vecino cercano a quien despreciamos. Y honestamente, la historia ha demostrado que aquel accionar arribista y pretencioso es una fórmula probada para el fracaso en el desarrollo de una sociedad justa, equitativa, tolerante y conciliadora.