Ordenanza Municipal prohibe morir en la calle

Por fortuna, por ahora, solo es el titular de algún diario AÚN NO ESCRITO, y no precisamente por falta de ganas de la autoridad, sino por esa cuota de razonable sentido común que a todos nos regaló el Creador.

Por el contrario y fuera de la imaginación en redes sociales ha circulado la noticia de #HALLAZGODECADAVER encontrado en Playa Llacolén. Bajo el adjetivo de indigente se informa el fallecimiento de una persona, que sin participación de terceros partió de este mundo. En realidad partió a engrosar la lista de los sin nombre, que poblan la estadística de las políticas públicas, y permitan exhibir índices de país OCDE, pues no son tantos como en otras latitudes. Y seguramente partió sin importarle a nadie más que a alguna otra persona que vive ese eufemismo llamado situación de calle, cuando en realidad se trata de una brutal exclusión social.

Esta muerte nos viene a recordar en la cara, que en la capital minera del mundo hay  quienes viven una extrema precariedad, que a veces provoca y asusta a los beneficiarios de las bondades de esa entelequia llamada desarrollo. Es cierto, me avergüenza decir que, también temo a esos habitantes de los espacios públicos, a esos quienes que viven en carpas en las playas, imaginando a veces lo dañino que pueden ser para el orden y la seguridad ciudadana. Más de alguna vez, me he incomodado al verlos en plazas y parque durmiendo, sobretodo porque voy con mis hijos, y no les puedo explicar porque ellos están ahí, porque visten así y menos porque beben a plena luz del día.

Como tantas veces me dijo uno de mis profesores más recordados del Colegio, todos llevamos un nazi dentro. Esa voz interna que nos hace encontrar razonable y hasta necesario dictar una ordenanza municipal que prohíba a los indigentes pernoctar en las playas, y no precisamente con la logística de off road camper, sino que en precarias telas y mallas.

La respuesta de autoridad a la pobreza más compleja, es básica, pues está dejando de lado que, las soluciones requieren mayor profundidad, haciéndose cargo de la urgente necesidad de pasar de un modelo de caridad hacia uno de justicia. Tantas veces celebramos el apoyo de la empresa privada y somos incapaces de cuestionar la tasa impositiva, el dumping ambiental, laboral y social que muchas veces subsidia esta filantropía empresarial. A veces resulta más simple y cómodo conformarse con la caridad que pelear por la justicia.

Pero son precisamente aquellas peleas las que valen el esfuerzo, partir por denunciar y enfrentar una realidad social injusta, desigual y excluyente. A continuación convencer a otros, para juntos trabajar por cambiar una ciudad que merece una calidad de vida de país desarrollado, para todos los que vivimos aquí. Y para todos significa, para TODOS y TODAS, incluso para esos quienes que viven marginados del progreso y son esa parte quebrada del espejo, de una ciudad que gusta mirarse así misma, convenciéndose que ocupa un espacio propio en el ámbito nacional e internacional, haciendo historia constantemente.

Si la comunidad no es capaz de reaccionar frente a estas contradicciones, muy pronto el sentido común se verá amenazado y capaz que veamos impreso el aterrador titular de esta columna.