El Falo Bicentenario

No es novedad y ha sido analizada en múltiples oportunidades por sicólogos, sociólogos, antropólogos y hasta por farándulalogos, esa manifestación de orden social que se refleja y explicita en las múltiples relaciones que se establecen en torno al falo, al órgano viril masculino que, de preferencia erecto, vemos evidenciado en obra arquitectónicas, el arte y las representaciones de poder que se han expresado desde los orígenes de la humanidad. Y ahora, cada capital regional, e incluso la nunca bien ponderada ciudad de Santiago, tendrán el suyo propio, manifestado en la bandera (y el mástil) bicentenario.

Desde monolitos hasta cañones, desde guaripolas hasta espadas, desde las aguzadas techumbres de las iglesias góticas hasta los espolones de los barcos de antaño, desde el Obelisco a la Torre Eiffel y por qué no, hasta nuestra humilde Torre Entel y el fastuoso Costanera Center…

Nuestra civilización no puede renegar de las más diversas representaciones fálicas que abundan en su idiosincrasia, todas ellas relacionadas con posiciones de poder que deriva en sumisión, alcanzado probablemente su momento culminante en el asta de la bandera ¡Qué mejor para un macho chileno que una figura fálica coronada por una gigantesca bandera nacional marcando territorio! Y claro, ahora tendremos una, a unos metros del mar, como diciendo por medio de un simbólico pene que estamos “meando” lo que es nuestro, como buenos machos que ostentan su territorialidad ganada a combos, patadas y hasta balazos. Y por supuesto, con una tremenda bandera flameando, mecida por la brisa costera, lo que no deja de recordarme a las propagandas del “Sí” durante finales de la dictadura, cuando el amor a la patria fue abusado y violado en beneficio de un sector de la sociedad, convirtiéndolo en su sacrosanto bastión de amor absoluto por el país en respuesta a aquellos que supuestamente lo odiaban y se lo iban a vender a los comunistas… Bueno, fue vendido, pero finalmente a las multinacionales… De ese nacionalismo banal y básico quedaba bien poco. Hasta ahora, en que varios metros de mástil quebraron la fragilidad casi pueblerina de uno de los últimos pedazos históricos de Antofagasta para convertir este espacio en una manifestación manierista de nuestro chovinismo bicentenarista.

Recuerdo cuando las ideas megalómanas del ex alcalde de Antofagasta Daniel Adaro, eran tildadas de ridículas y absurdas por varios que mañana estarán aplaudiendo la inauguración de este monumento fatuo. Algunos dirán que se verá bonito; otros quizás hasta que podrá reafirmar nuestra nunca explicada chilenidad. Por ahí habrá quienes lo critiquen soterradamente so pena de ser tildados de poco nacionalistas. Algunos miraran desde las alturas de la ciudad y se preguntarán por qué carajo no se hizo algo mejor con 400 millones de pesos (algo así como el 13% de los recursos de los que actualmente carece el Gobierno Regional en fondos de desarrollo), mientras que con el paso del tiempo, la bandera se irá ajando a merced de los embates del sol, el viento y la humedad. En un par de años, más de alguno se quejará por lo fea, desteñida y deshilachada que está la bandera chilena y las autoridades se tirarán la papa caliente de una mano a otra, achacándose entre ellos la responsabilidad que cabe en mandar a las alturas a unos cuantos hombres a cambiar el pabellón. Finalmente, desaparecerá.

Algún consejero regional propondrá extraer de los mismos fondos de desarrollo, unos cuantos millones para restituirla y le dirán que no hay plata porque el Gobierno, a nivel central, todavía no devuelve o entrega dineros comprometidos para otros proyectos… Y ahí, entre la Costanera y el mar, tendremos un gigantesco falo níveo, ya sin semen, recuerdo bizarro de un bicentenario que, en lo más profundo, no tuvo ningún significado más que el de marcar doscientos años de una junta de gobierno que le juró fidelidad al rey de España derrocado por Napoleón, junto a un “hilo” que otra vez no tendrá agua y que ya habrá perdido la mitad de las planchas de cobre que lo decoraban.

Una bandera no sirve para nada si no se le respeta de verdad. El amor a la patria no está en admirar y querer el pabellón más grande y hermoso, sino en las acciones diarias con las que demostramos con hechos, día a día, el cariño y devoción que sentimos por la tierra en que nacimos y por nuestros compatriotas. Lo demás, son adornos que se los lleva el tiempo, símbolos incongruentes que no tienen mayor significado si no el que les otorgamos como ciudadanos que realmente se comprometen con lo que ocurre a su alrededor y accionan por una sociedad que comprenda, dignifique y haga perdurar, bajo fundamentos sólidos, esos mismos símbolos. Si no, sólo están ahí, levantados cual escenografía de película, sin razón de existir…