El Antofagasta que nos merecemos

Comienza el 2018 y con el inicio de un nuevo año las cifras económicas parecen alentadoras, donde el precio del cobre se mantiene en niveles previos a la última crisis global que paralizó  diferentes proyectos mineros en la zona y dejó varios de cientos de despidos.

Todo eso parece quedar atrás, y las proyecciones son positivas para una región que depende de los vaivenes bursátiles globales. Por lo tanto, son tiempos para soñar en una ciudad que de el salto definitivo en calidad de vida y que deje el estigma de campamento minero de paso.

Cientos son las columnas que se han escrito en diferentes medios de la ciudad respecto a la pobre retribución que tiene Antofagasta pese a los grandes recursos que aquí se generan. Estamos terminando la segunda década del siglo XXI y las reivindicaciones no llegan. La ciudad sigue cayendo en los rankings de calidad de vida en Chile, en 2017 la “Perla del Norte” cayó al puesto 50, luego de estar en el lugar 28 el año anterior.

Los factores que más retroceden son Salud, Medioambiente, conectividad y movilidad, tópicos claves en el desarrollo de cualquier ciudad y que las autoridades no parecen tener las competencias para resolver. Diagnósticos hay muchos y es cosa de dar una vuelta por las calles para ver la involución de los índices de calidad de vida de Antofagasta.

Las calles siguen saturadas de autos, en tránsito y mal estacionados, donde impera el “Sin Dios ni Ley” a la hora de buscar un espacio para aparcar. El habitante prefiere usar su vehículo personal a tener que subirse al martirio de lo que implica andar en el transporte público local: recorridos eternos sin paraderos definidos, donde un trayecto que no debería durar más de 35 minutos de norte a sur, puede extender a más de una hora. Los colectivos que se rigen bajo sus propias reglas con tarifas que exceden lo recorrido pero que ya están institucionalizadas por los propios usuarios.

En 2014, el gobierno de Michelle Bachelet anunciaba como solución de movilidad la construcción de un metrocable en Antofagasta, replicando iniciativa como la de Medellín, el que fue descartado 3 años después, pero que se sabía desde un inicio que no era la medida ideal  para la ciudad.

En espacios públicos y medioambiente seguimos retrocediendo, donde el déficit de áreas verdes se sigue acentuando con las pobres políticas impulsadas por el ayuntamiento dirigido por Karen Rojo. El aseo y ornato se mantiene a duras penas, donde la colaboración ciudadana tampoco ayuda a tener una ciudad limpia, donde las posibilidades de reciclaje aún son escasas (casi nulas).

La vivienda sigue siendo un grave problema y la muestra está en la proliferación de campamentos en diversos lugares de la ciudad.

A dos años que culmine la segunda década del siglo, es hora que Antofagasta de el salto definitivo en calidad de vida que se merecen sus habitantes y para dar ese salto se exige el compromiso de las autoridades con la ciudad más que con sus intereses políticos, dirigentes capaces de golpear la mesa al gobierno de turno ante las injusticias del reparto de recursos y con una gestión impecable a la hora de impulsar proyectos.

Que el inicio de la tercera década traiga el Antofagasta que nos merecemos, una ciudad con un transporte público decente, con espacios adecuados y que deje atrás el estigma de un simple campamento minero de paso.