Columna de opinión
Es tiempo de conocernos mejor

Conchita de la Corte, Jefa del Servicio Jesuita al Migrante Antofagasta.

Foto: La izquierda diario

El Instituto de Políticas Públicas de la Universidad dio a conocer la Encuesta Barómetro Regional de Antofagasta 2019, un instrumento aplicado a 600 personas y que debería servir como insumo para la toma de decisiones tanto en el ámbito público como en el privado.

Lamentablemente, descubrí con preocupación los datos relativos a la migración pues, si bien se refleja un incremento en la aceptación de otras culturas respecto al año anterior (del 20 al 32%), existe un porcentaje mayor de las personas que consideran la migración mala o muy mala (del 40 al 53%). Asimismo, una vez más, se tiende a culpar al migrante de la falta de empleo y una cifra no menor, un 64%, opina que los puestos de trabajo deben ser para los chilenos.

Desconozco qué tipo de sensaciones o informaciones dan lugar a estas consideraciones porque los datos dejan ver que el desempleo cayó al nivel más bajo desde el año 2015. Así lo registra el último informe del INE que, el trimestre abril, mayo y junio, advierte que los ocupados crecieron un 4,3% en doce meses, equivalente a 12.320 personas. Entre los sectores que más impulsaron la economía está el comercio donde, precisamente, se desempeña un buen número de personas migrantes.

Según la encuesta del SIT, también hay un repunte en el número de personas que se ha planteado vivir en otra región (del 35% de 2018 al 42% de 2019). Efectivamente, todos tenemos derecho a decidir dónde queremos vivir. Migrar es un derecho.

Según los entrevistados, las personas migrantes son «un problema», el tercero, después de la delincuencia y el desempleo ¿Qué motiva esta percepción? ¿Cómo es posible que preocupe más que el consumo de droga o los altos niveles de contaminación?

Además, se duplica el número de personas que subrayan que no le gustaría tener por vecino a una  persona migrante y se multiplica el rechazo hacia personas de una etnia distinta, de una religión diferente o que hablan en otro idioma. ¿De dónde vienen tantos prejuicios? ¿Cómo se fundan estos niveles de desconfianza? Me llama la atención que se den estas opiniones en una ciudad caracterizada por la migración de forma histórica, en una región donde conviven múltiples personas de distintas culturas y pueblos y que, según el estudio, la mayoría se considere de raza blanca (un 57%). ¿En qué espejo nos estamos mirando?

Ya es hora de no dejarnos llevar por lo que vemos o escuchamos. Es tiempo de acercarnos al vecino, sea o no migrante, quitarnos los prejuicios y estrechar vínculos que nos permitan vivir sanamente. Comprobar que, efectivamente, son más cosas las que nos unen de las que nos separan. Asumir, que uno no elige donde nace, pero sí cómo vive, dónde y con quien se relaciona. Entender que nuestras vidas se encuentran y todas las personas tienen algo que aportar.

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