[#Especial11S] La historia no contada de la detención y tortura de Pedro Araya Ortiz

En un relato íntimo, y por primera vez, Juana Guerrero cuenta los detalles de la detención y posterior tortura de su entonces esposo, ex diputado y posterior alcalde de Antofagasta, Pedro Araya Ortiz.

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Pedro Araya Ortiz
Pedro Araya Ortiz. Foto: Glen Arcos

“Nunca me voy a olvidar. Cuando llego veo la puerta abierta y la luz encendida. Eran las once y media de la noche. Entré y mi mamá estaba llorando (…) Ahí me dije: A Pedro lo tomaron preso”. El que fuera un relato que solo conocía su círculo más cercano, hoy lo hace público Juana Guerrero, viuda del entonces diputado -y quien de vuelta a la democracia fuera uno de los alcaldes más recordados de Antofagasta- Pedro Araya Ortiz.

“Yo sé lo que es gritar de dolor. No llorar de dolor. Gritar de dolor”, Juana Guerrero, viuda de pedro araya ortiz.

Aclara que en esa época habían dos tipos de demócrata cristianos. Los que estaban a favor del golpe, y los que estaban en contra. Pedro Araya Ortiz era de los segundos, y eso lo terminó pagando caro aquella noche de julio de 1975.

La señora Juanita, como es popularmente conocida, no logra ocultar la emoción que le genera recordar aquella noche en la cual volvía de hacer clases en el Liceo Nocturno. Y cada cierto rato, para dar fe de su testimonio, mira un cuadro que está en el living de su casa diciendo: “Lo juro por Pedro Araya que me está mirando”. 

“Ese día nos íbamos a almorzar con un amigo. Pedro no quiso ir y se quedó acostado con Pedrito. Yo le dije: “Chao mi amor”, y él me dice: “Negra, ven”. Fui y me dio un beso tan especial que luego me fui al almuerzo y posteriormente a trabajar. Pero cuando llego en la noche a la casa, mi mamá estaba con nosotros por casualidad. Y veo las luces encendidas de la casa y me dije: “A Pedro lo tomaron preso”.

El toque de queda le impidió salir a buscarlo de inmediato, pero aprovechó esa noche para romper cartas que podían comprometer a su marido. “Él era amigo de un presidente Venezolano llamado Rafael Caldera. Tenía cartas con (Radomiro) Tomic, (Bernardo) Leighton y Frei (Montalva)”. Pese a que las cartas no decían nada comprometedor visto con los ojos de hoy, aclara que en esa época cualquier excusa bastaba para ser detenido por la dictadura.

Cuando el reloj marcó las 06:30 am del día siguiente, fue en búsqueda de ayuda de otros demócrata cristianos a quienes Pedro Araya Ortiz había tendido una mano en su momento. Sin saberlo, ese día enfrentaría el primero de una serie de portazos de quienes nunca lo esperó.

Las primeras 24 horas

“Fui donde un demócrata cristiano al que le ayudamos mucho y que decía que se sacaría la cresta por don Pedrito. Entonces me fui a buscarlo, y sale su señora. Le digo que quiero hablar con él explicando que tomaron preso a Pedro. Y me responde: “¿Cómo se le ocurre venir, ve que me compromete a mí?”. Te lo juro por el Pedro Araya que me está mirando”, dice la señora Juanita con un tono de rabia producto de ser este un recuerdo vivo en su memoria.

No sería el primer demócrata cristiano que le dio la espalda. Asegura que incluso, cuando se propagó la información de boca en boca, algunos de ellos cruzaban la calle para no pasar frente a su casa. Sin embargo, hubo otros que sí la ayudaron desde el primer momento.

Pedro Araya Ortiz y Juana Guerrero

“Llamé a Eduardo Frei Montalva. Él fue increíble. Me dijo: “No pierda la fe, lo vamos a buscar y le prometo que voy a poner todo mi empeño”. Sin embargo, poco después de aquello, y tras infructuosas averiguaciones de su paradero, el ex presidente la llama y le dice: “Nadie sabe nada de él”. En ese momento, sin que nadie supiera, Pedro Araya estaba siendo torturado en la base Cerro Moreno de la FACH.

“Yo sé lo que es gritar de dolor. No llorar de dolor. Gritar de dolor (…) Yo me fui y me quedé en el parque Japonés y gritaba de dolor. Luego debía llegar a mi casa con la cara sonriente pues estaba mi madre quien no estaba preparada para todo esto. Mi hijo Pedrito tenía 2 años y nosotros no sabíamos si Pedro (Araya Ortiz) estaba vivo o muerto”.

El primer contacto y La Providencia

Las horas pasaban y la señora Juanita decidió recurrir a quien sería un hombre clave en esta historia, el Arzobispo Carlos Oviedo Cavada, con quien Pedro Araya Ortiz tenía un estrecho vínculo pues al poco tiempo del golpe militar habían intentado armar juntos el Comité Pro Paz, antecesor de la Vicaría de la solidaridad.

Oviedo Cavada confrontó al militar que ocupaba el cargo de Intendente, para dar con Araya. Un abogado amigo también les ayudaría indicando que debían acercarse a la Fiscalía de Carabineros que se ubicaba en el segundo piso del actual edificio de la Aduana de Antofagasta.

Ya en ese entonces algunos medios internacionales llevaban la noticia de su detención luego que un demócrata cristiano presente en una reunión de la ONU expusiera el caso. Eso lo sabían en la Fiscalía de Carabineros, pero no les importó.

“En la oficina lo hacen pasar. No se le notaban los ojos, eran dos rayitas y la boca así (hinchada) y chorreado entero de sangre. Le dije: “Papito, estamos bien. Tu mamá y pedrito están bien”. En eso un tipo maldito me pegó con un palo en la boca y me dijo: “No puede hablar con él porque es peligroso”. Así que se lo llevaron y yo volé en la citroneta para no perder el rastro”.

Pese a que ella iba pegada al vehículo policial en un abrir y cerrar de ojos lo perdió de vista. Esto pues mientras subían por calle 14 de febrero el furgón dobló por una esquina para luego ingresar a “La Providencia”, finta que no logró captar la señora Juanita. Lo que tampoco sabía era que ese era uno de los centros de tortura que había en Antofagasta y que sería la segunda parada de Araya Ortiz.

La Cárcel de Antofagasta y la pérdida del rastro

Luego de estar en “La Providencia”, lo derivaron a la cárcel de Antofagasta. Hasta ahí llegó la señora Juanita con un colchón, ropa de cama y una parka roja. Al verlo, notó que le faltaban un par de dientes, los mismos que hasta el día de su muerte no quiso reponer mediante prótesis pues aseguraba que eran “su trofeo de guerra”.

“Cuando entro a la cárcel a verlo, le doy un beso y me dice: “¡Niña, usted por qué está fumando!” Fue como que me dijera te quiero o te adoro, porque yo decía que si era capaz de darse cuenta que estaba fumando significaba que no lo rayaron”.

En el recinto penitenciario no alcanzó a estar ni 24 horas. Pese a hacerle guardia para ver donde lo llevarían, la señora Juanita no se percató que lo sacaron por una calle paralela. Ahí volvería a perder contacto con su entonces marido. Pero en esta oportunidad, por un tiempo largo.

Jaime, Rafael y Ricardo

En medio de todo este proceso, se enteró que tenía tres meses de embarazo. En paralelo a la búsqueda tuvo que volver a su trabajo de profesora pues debía mantener a su hijo, el que venía en camino, a su madre y también a su suegra. “Uno tenía que retomar el ritmo”, asegura.

Mientras ella buscaba en Antofagasta, en Santiago lo hacían tres demócrata cristianos. Jaime Castillo (Fundador de la Comisión de DDHH e ideólogo de la DC), Rafael Moreno (ex ministro de Frei Montalva) y Ricardo Valenzuela (pediatra y ex diputado). Búsqueda de estos tres decé que dio sus frutos.

Mientras estaban buscando uno por uno los centros de detención, se fueron a “4 Álamos”. Fue ahí que uno de ellos, mientras pedían que liberaran a Pedro Araya Ortiz del lugar pues “sabían que estaba ahí”, logró verlo. En ese momento, volvió la esperanza. Lo habían encontrado. La liberación era inminente, y así ocurrió en septiembre de 1975, casi tres meses desde su detención.

“Un día sábado estaba acostada, llorando después de almuerzo y viene don Carlos (Oviedo Cavada) y me dice: “Qué hace ahí acostada, Pedro salió libre. Me acaba de llamar por teléfono y necesita que le mande unos documentos”.

Le mandaron los papeles en un bus pues ella no podía viajar. Sin embargo, su retorno a Antofagasta no fue inmediato pues las torturas habían dejado estragos.

Las secuelas

En total, fueron tres meses los que Pedro Araya Ortiz debió estar en tratamiento intensivo producto de las torturas sufridas y de las cuales la señora Juanita se percataría cuando en diciembre, pocos días antes de navidad, lo vuelve a tener en sus brazos.

“A pesar de todo lo bien que estaba, se despertaba en las noches gritando. Incluso, cuando era alcalde, nosotros teníamos en el baño un espejo con luces. Él siempre me decía: “Negra, no sé porque me levanto bien pero durante el día me duele tanto la cabeza” (…) Un día va a la pieza y me dice: “¿Sabes por qué me duele la cabeza? Porque esas luces me hacen recordar cuando me torturaban”.

Las secuelas también fueron físicas. Juana Guerrero recuerda que sus pies no resistían zapatos producto de todo el daño que físico del que fue víctima. “El Pedrito se los ensanchaba para que él los pudiera ocupar. Yo le decía que se comprara otros, pero decía que no. Siempre quedó con sus pies muy dañados”.

Pese a lo anterior, intentaron retomar la rutina del día a día. “Yo me levantaba junto con él a las 6:30 para hacerle desayuno. Yo no tomaba, solo lo miraba pues tenía sensación que había sido un regalo que volviera pues en esa época la gente desaparecía como moscas”.

Sin embargo, el gran dolor de Pedro Araya Ortiz no estaría en los daños que generó su desaparición en su cuerpo, sino el daño irreversible que provocó en su madre. 

El olvido

Al comienzo de su desaparición, ocurría una historia paralela, la que le contaban a la señora Sarita, madre de Pedro Araya Ortiz. Debido a su avanzada edad, y que vivía sola, “al comienzo amigos de la familia le mandaran telegramas haciéndose pasar por Pedro. Así la mantuve por hartos días pues ella no sabía que lo habían detenido”. Pero pese a los esfuerzos, hubo un llamado que derrumbó esa ilusión.

“Un cura del Colegio San José me llamó y me dijo que tenía una mala noticia: La Sarita vino llorando diciendo que a Pedro lo mataron. Yo le dije que no era verdad pero que no sabían donde estaba. Yo fui en la citroneta y la fui a buscar. A mí nunca me desconoció pero a Pedro sí. Ella me dice: “Mataron a Pedrito”, y yo le respondí: “No, él está trabajando”, y ella me decía “No me diga mentiras”.

Desde ese día, sin conocerse todavía el paradero de su hijo y según palabras de Juana Guerrero, la señora Sarita se volvió loca y nunca más lo pudo reconocer. Y así se percató el propio Pedro Araya Ortiz tras ser liberado.

“Ella me decía: ¿quién ese ese weón de chaqueta roja que se sienta en mi cama y llora”. Ese hombre era Pedro, su hijo”, cuenta acongojada Juana Guerrero. “El Pedro siempre se sentía culpable que ella estaba loca por culpa de él”.

  • ¿Cree que se cerró el ciclo de la dictadura?

Hay una falta de conciencia respecto al horror que significó la dictadura y por eso hay tanta tontera que no ayudan a una mejor convivencia. Pienso que mientras hayan detenidos desaparecidos no va a poder haber una reconciliación total.

Cuando el Pedro salió alcalde lo primero que hizo fue ir al Ejército. Se presentó diciendo: “Mire, yo soy Pedro Araya Ortiz, soy militante de la Democracia Cristiana, fui preso político, me torturaron y mi madre murió loca. Yo sé lo que significó la dictadura pero yo soy alcalde de todos los antofagastinos y creo que tenemos que darnos la mano la Fuerzas Armadas con la civilidad.

 

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