El regreso de Hobbes y Monstesquieu a la actualidad

Por José Antonio González Pizarro, Escuela de Derecho-Antofagasta UCN

Las noticias en estos días nos hablan de la naturaleza humana, que desvela el rostro más horrible de nuestra presencia en el planeta. Cuesta imaginar que los horrores de guerras mundiales, de genocidios, de desastres nucleares, de hecatombes ambientales, lo olvidamos en un santiamén. Surgen los odios, las rivalidades nacionales, la gravitación del poder económico-militar, el desprecio al derecho internacional, en vez de los valores que, retóricamente ya se ve, propalamos en los foros internacionales, en el seno de organismos de la comunidad mundial: cooperación, solidaridad, unidad de la humanidad, dignidad de la persona, por sobre razas, religión, ideologías, etc.

Las confiscaciones de insumos médicos, cuando los aviones deben hacer paradas técnicas, con dirección a su destino. Adquirir por mayores precios productos en el país que los fabrica, cuando se ha convenido la entrega y valores con países de menores ingresos. Prohibición de exportar o vender productos nacionales de salud pública a otros países. Negativa de poder expatriar nacionales en suelo extranjero, por temor a eventuales contagios. No contribuir con mayores aportes a la OMS o a entidades financieras mundiales, para socorrer a países-no es el caso de ventilar por qué de su condición tan vulnerable- que requieren de la asistencia internacional.

Miedo, pánico, hostilidad hacia el vecino, prejuicios cuando no xenofobia y racismo (la
situación de aplicar experimentalmente en África los ensayos de vacunas, según algunos científicos franceses) han colmado los titulares de las noticias internacionales. Es la naturaleza humana de siempre. Alguien cínicamente apostilló hace unos años, que el ser humano no había experimentado adelantos en su moral y tampoco en su ética, establecida hace dos mil años. Freud reparó en esto en El malestar de la cultura.

Si se rastrean los males que nos afectan como humanidad y planeta, hay convergencia de juicios, que no podemos seguir produciendo como lo estamos haciendo (ya no se trata del “señorío sobre la naturaleza”, sino de la depredación y expoliación del entorno natural), seguir consumiendo y viviendo del modo, que segrega a los mundos (el primer mundo desarrollado, postindustrial, globalizado-el segundo mundo-donde siempre estamos en “vías de desarrollo” o eufemísticamente “emergiendo” afectado por la nebulosa de la globalización- y el tercer mundo (al que pertenecíamos hace unas décadas) y que hoy se reserva a África y algunos espacios latinoamericanos y asiáticos, localizados, en la periferia del sistema mundial). La conciencia ambiental, el detener la contaminación y el efecto invernadero, nos lleva a mirar la política, sí, el ejercicio de vivir juntos con nuevos fines más justos y armoniosos con el entorno, y reparar en dos autores clásicos, antiguos, cuyas enseñanzas nos deben aleccionar en el momento presente y en el porvenir inmediato.

Uno de ellos es Montesquieu, que en Del espíritu de las leyes, 1748, donde tres observaciones mantienen su vigencia y, nos atreveríamos a decir, su lozanía en estos tiempos de iracundia y gritería. Una de ellas, es donde las costumbres y usos son buenas y el pueblo las observa, no debe saturarse de nuevas leyes, es más las leyes deben ser sencillas. Estas deben mejorar las costumbres. Una segunda apunta a que es necesario no escindir o separar las leyes “de las circunstancias en que se hicieron”, lo cual nos ayudaría a comprender el sentido y contexto de éstas por el legislador. Una última observación, que recoge una insinuación aristotélica, la encontramos en la tercera parte de su obra, de qué manera el clima incide en el carácter de los pueblos en general, que abarca seis libros (capítulos diríamos hoy), hasta pronunciarse sobre el “espíritu general”:

“Varias cosas gobiernan a los hombres: el clima, la religión, las leyes, las máximas del Gobierno, los ejemplos de las cosas pasadas, las costumbres y los hábitos, de todo lo cual resulta un espíritu general. A medida que una de esas causas actúa en cada nación, con más fuerza, las otras ceden en proporción…Si hubiera una nación en el mundo que tuviera humor sociable, corazón abierto, alegría de vivir, gusto, facilidad de comunicar su pensamiento, que fuese vivaz, agradable, a veces imprudente, a menudo indiscreta, y que tuviese además valentía, generosidad, franqueza y cierto pundonor, no se deberían poner estorbos a sus hábitos, mediante leyes, para no estorbar a sus virtudes. Si el carácter es bueno en general, no importa que tenga algunos defectos…Que no se dé un espíritu de pedantería a una nación naturalmente alegre…Dejadla que haga seriamente las cosas frívolas y alegremente las cosas serias” (Tercera Parte: Libro XIX, Caps.IV-V).

Una lección que nos servirá para el momento actual y también para todo el curso del año.

Otro autor, Hobbes con su Leviathan, 1651, nos sitúa en algo que estamos apreciando en el panorama internacional. No hay una instancia que oriente los recursos económicos, las prestaciones sanitarias: los organismos han fallado, porque los estados han visto con displicencia este aunar de voluntades.

Hobbes señalaba no solo el egoísmo anejo a un exacerbado individualismo, como elementos claves de la naturaleza humana: el único ser vivo que ataca a su semejante. Homo hominis lupus: el hombre es el lobo del hombre. No tiene miramientos, cuando observa la transformación de su entorno en un “estado de naturaleza”, sin normas, reglas, que lo inhiban. Lo único que lo puede controlar es el temor, el miedo, que lo entrega al poder del Estado para su propia conservación, mediante un contrato social.

Para Hobbes, en la naturaleza humana hallamos tres causas principales de discordia:

“Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria. La primera causa
impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para convertirse en dueña de las personas…y ganados de otros hombres; la segunda; para defenderlos; la tercera, recurre a la fuerza por motivos insignificantes, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, como cualquier otro signo de subestimación. Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos” (Parte I, Cap.XIII).

Cuando no se aprecia un órgano rector mundial- un estado federado mundial, buscó Jacques Maritain, cifrado en la Naciones Unidas- que estructure los auxilios, con relación a las necesidades humanas (tanto sanitarias, alimentarias como económicas), nos hallamos, en la práctica, con el imperio de la fuerza por sobre lo convenido (no basta la palabra para respetar los convenios, acotó Hobbes) y nos violenta. Lo mismo se refleja en las naciones. Apedrear, discriminar a los miles de funcionarios de la salud, sea pública o privada, no solo es una estupidez sino que nos revela casi un miedo atávico, donde la ignorancia, la ausencia de la autoridad pública, nos aproxima a ese estado de naturaleza, y no al estado social, donde prevalece el Estado y las normas que regulan nuestro comportamiento con los demás.