¿Qué hacer?

Por Marcela Mercado, presidenta de la "Corporación Cultural La Toma"

Marcela Mercado

Luego de que los grandes nombres europeos de la filosofía contemporánea hablaran acerca del coronavirus, las notas acerca del tema proliferaron, desde una perspectiva teórica, comentando lo que ellos dijeron.

Si bien resulta interesante la lectura y reflexión de estos textos, lo cierto es que, en rigor, nadie sabe lo que va a pasar, hay mucho de apuesta, mucho de aplicar perspectivas teóricas a lo que va a suceder, pero realmente no se sabe qué va a pasar en un sentido concreto y específico. Aún así, se extraña alguna voluntad política que se haga la pregunta de “Qué hacer”, más allá de pronosticar algo negativo o positivo o replicar ciertas teorías.

Algunas voces se encuentran en la discusión acerca del rol del Estado, pero también sería interesante desplazar un poco el centro de la discusión del Estado al ciudadano común. Lo que habría que pensar es que con el Estado no alcanza. Si bien es cierto, el Estado tiene la obligación de velar por la salud de las personas porque es su tarea y muchos Estados se han volcado a eso porque ese es el modo en que se resuelven las pandemias, como señala Badiou, lo que ha dejado en claro la aparición del coronavirus es que no sólo el Estado tiene esta obligación, sino que cada individuo tiene la obligación de velar por el otro y eso sólo se puede hacer mediante una elección libre, no mediante medios coercitivos. Sería importante, entonces, intentar construir o revitalizar la importancia de la responsabilidad y el cuidado del otro.

Más Estado es fundamental, pero más importante aún es que cada cual  salga de la pandemia como un ciudadano capaz de asumir la responsabilidad por asuntos que no son simplemente los suyos. Si algo muestra una crisis sanitaria de estas proporciones es que mi vida y mi salud no son sólo mías, sino que dependen de otra vida y de otra salud y que se conforman a la par. Contra el discurso individualista, la pandemia pone en evidencia que no estoy sano si el otro no lo está. Mi salud es la del otro. Nadie es sano solo. Por esta vía ya se ha perforado el discurso oficial frente a la crisis, que ha sido bastante confuso o inexistente, pues los sectores cuyo paradigma no encaja con un Estado fuerte o protector, no tienen elaborado un relato donde lo que predomine sea la protección de la salud y la vida de las personas por sobre la economía.

La idea es que se están rompiendo ciertas estructuras individualistas con respecto a la salud y hay una idea de responsabilidad colectiva que empieza a masificarse y que es necesario escalar. No hay que olvidar que fueron estas demandas las responsables del Estallido del 18 de octubre y es el momento de unir voluntades políticas a propuestas concretas, animándose a acelerar la imaginación y la creatividad. Esto significa un verdadero desafío, pues existen ciertas contingencias que nos ocupan el día a día en tiempos de pandemia, problemas que no son nuevos, pero que se agudizan en esta situación, como por ejemplo, el grave problema de habitabilidad (no es lo mismo hacer cuarentena para las 8000 familias en situación de un campamento en Antofagasta que en una vivienda en condiciones dignas) o el colapso en el sistema educacional, que en todos sus niveles no estaba preparado para trasladar el aula a una plataforma digital y entregar contenidos mínimos.

Resulta interesante escudriñar los textos de los grandes intelectuales, incluso tomando en cuenta determinadas falencias como, por ejemplo, que se estaba pensando la pandemia desde países Europeos; sabemos que el lugar del Estado en nuestro continente es muy distinto al lugar que ocupa en sociedades europeas. Por lo mismo, una discusión local podría partir de preguntarnos si soy verdaderamente rico si el otro es pobre? Si soy libre si el otro es sometido? Si me realizo realmente si otro se ve frustrado?

Habría que hallar un cierto equilibrio para poder estar pensando las complejidades del momento, pero sin renunciar a pensar imaginativamente un modelo de sociedad otro que nos permita comenzar a ocuparnos de la construcción de un país menos desigual.