Ser niño huacho en la Historia de Chile de Gabriel Salazar

Por Cristhian Campos, profesor de historia y geografía

Cristhian Campos
Cristhian Campos

Un historiador social no vive mirando hacia el pasado y se queda estático mirando los orígenes (las estatuas que adornan nuestras plazas) sino que su objeto de estudio está en nosotros mismos, en el presente, sujetos de carne y hueso con contradicciones, temores, con rabias y proyectos y desde esa energía el historiador ocupa la disciplina para moverse hacia el pasado.

Por mucho tiempo el espacio de la historia estuvo reservado solo para los grandes héroes, los hechos políticos relevantes y las guerras dejando de lado a los “sujetos populares”. Es esta la riqueza del texto que nos ofrece Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia 2006 y connotado Historiador Social, al ponernos en la piel de un personaje ignorado, de un protagonista olvidado, los niños del bajo pueblo en el siglo XIX y principios del siglo XX.

«Los niños son la fibra sensible donde se va depositando la subjetividad del presente, donde se va acumulando el amor, el desprecio, el abandono, la pobreza, la indiferencia, la soledad, el maltrato directo o indirecto del mundo de los adultos, de los que hacen la historia -historia que los interviene, los modela, los arriesga y los desafía tempranamente- y se va apozando, transformándose en una huella casi imperceptible pero que tiene la intensidad de las marcas de fuego” (Silvia Aguilera, «Introducción». En Ser niño «huacho» en la historia de Chile (siglo XIX). Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2006, p. 11).

En este breve texto Salazar logra que vivamos las penurias del “huacho”, concepto profundamente enraizado en la idiosincrasia chilena y que hasta el día de hoy se usa despectivamente para referirse a los hijos de padre “desconocido”, pero la palabra encierra una fuerza mucho mayor pues nos muestra un niño desprovisto de todo lo que podría esperarse mínimamente de la vida: cariño familiar, comida, techo y protección. El huacho era el producto de la degradación humana a la que era empujada inevitablemente esta clase social de peones, campesinos, hombres y mujeres a los que la vida no dio más que padecimientos e infortunios.

El texto que les recomiendo se aleja de la clásica concepción del libro de historia lleno datos y análisis “duro”, para ofrecernos un relato sensible y altamente narrativo que comienza con la desgarradora historia de Rosaria Araya, una joven soltera de 26 años del Valle de Illapel, que murió luego de tener 4 hijos. Continúa con las peripecias de aquellos «huachos» y el abandono de su padre Mateo Vega.

Cada una de estos relatos sirven al historiador como una introducción y un telón de fondo para evidenciar problemáticas mucho mayores: la migración campo ciudadla infancia en el siglo XX, las altas tasas de mortalidad infantil, el problema de la marginalidad social, las formas y dificultades de formación de la familia obrera, la falta de higiene y la promiscuidad, inmoralidad y vicios de la época, las políticas estatales hacia la infancia.

Los invito a revisar este texto pues las crisis endémicas que han corroído la sociedad chilena pasan por las sensibilidades de los niños y jóvenes y la no resolución de estas crisis tiende a acumularse y genera frustraciones, recuerdos, rabia y finalmente asociatividad y rebeldía, es su mirada fresca un “plus” dinámico de recambio, pues en ellos anida la esperanza, la utopía y la energía.