“Déjame morir”

Columna literaria de Marcela Mercado, presidenta de la Corporación Cultural "La Toma".

Marcela Mercado

Una maravillosa forma de expresión del arte durante el siglo pasado fue el expresionismo, que exploraba, entre otros varios tópicos, la posición individuo y sociedad como eje de la configuración afectiva, por lo tanto, cobraba especial importancia el peso de la alienación por el trabajo y la burocracia. Nos presentaba sujetos oprimidos y limitados por el entorno social, la familia, el dinero, las obligaciones.

En la segunda publicación de la escritora antofagastina María Luisa Córdova, “Déjame morir” podemos encontrar notas de este movimiento, una pesadez que contrasta con su pluma ligera y colorida. Se trata de tres narraciones breves, cada uno titulado con el nombre del o la protagonista, “Alejandra”, “Gabriel” y “Lorenzo” que van configurando universos y temporalidades independientes el uno del otro.

En el primer relato, la narradora, cuyo nombre desconocemos, nos cuenta que cuida de su madre, Alejandra, quien sufrió un accidente cerebro vascular que la dejó en estado vegetativo.  A partir de este hecho reflexiona acerca de su infancia, del deterioro progresivo del cuerpo que alguna vez fue joven y hermoso y de la experiencia frente a la muerte del otro. Hallamos en la protagonista una sensación de no pertenencia, una espacialización de la experiencia frente a la angustia que lleva a cierto sinsentido. No se trata de una reflexión personal, sino más bien de una reflexión ontológica, consustancial a todos los seres humanos.

En el relato “Gabriel”, el protagonista es un chico adinerado que vive en constante estado de irresponsabilidad, siempre de fiesta, con un futuro que cree asegurado debido al dinero de sus padres, que una tarde conoce a Eugenia, una modesta chica que atiende una tienda de libros usados, con quien termina en una larga noche de juerga. Acá, la noche opera de modo simbólico, pues al amanecer, cuando vuelve a su departamento, lo espera una sorpresa que dará un vuelco a su vida.

En el último texto, “Lorenzo” es un niño que habita una oficina salitrera del norte, en un paisaje que nos es muy conocido, y que tiene un abuelo que nunca ha visto el mar. El chico debe hacerse cargo de él y en este empeño es ayudado por una prostituta del lugar, Clemencia.

María Luisa Córdova revierte y subvierte en los personajes femeninos de los tres relatos, varios tópicos que han sido socioculturalmente vinculados al género femenino. No toca, por ejemplo, el tan manido amor romántico. Son mujeres que habitan cuerpos, espacios y temporalidades distintas. Cuerpos que sobreviven  en una lejanía radical con los demás, una especie de no sentirse en familia en el mundo, pero sin convertirse en sujetos de daño, sino más bien en sujetos productivos que entienden la experiencia del aislamiento o la soledad como un temple existencial necesario, como una textura afectiva constituyente de la existencia humana, que es capaz de revelarnos algo esencial de nuestro ser. Una estética distinta de la capacidad de lo femenino.

Se trata, en suma, de relatos en el que la creación opera como colorida deconstrucción de seres y cosas y que alcanza, en momentos, fragmentos realmente excepcionales.

 

Libro: “Déjame morir”, 2019

Autora: María Luis Córdova

Satán Editores