El Cuentacuento como ritual comunitario en tiempos de pandemia.

Columna literaria de Karen Tapia, Subdirectora de Biblioteca Viva de Antofagasta y coordinadora de "Dibujona"

Karen Tapia, Subdirectora de Biblioteca Viva de Antofagasta y coordinadora de
Karen Tapia, Subdirectora de Biblioteca Viva de Antofagasta y coordinadora de "Dibujona"

Uno de mis trabajos es narrar cuentos para los niños, lo hago desde hace más de 7 años, y en este bello ejercicio he podido reconocer aspectos interesantes de este “ritual”. Es muy común que la familia integra se quede a escuchar estos relatos, disfrutando igual o quizás más que los propios niños. Y es que, a un ritmo en donde somos sordos al resto y nadie parece escucharnos, nos soprende sentirnos atrapados por un relato, acogidos por el calor de un circulo humano, sentados en el piso junto a la comodidad de una almohada colorida. Resulta una regresión a nuestra infancia, a nuestras raíces, a un espacio de comunidad. Es este mismo proceso  el que se hace protagonista del fomento lector durante la cuarentena, ahora no físicamente,  pero sí a través de redes sociales.

Leer es un acto muy personal, íntimo y reflexivo que, en general, no compartimos más que en instancias como clubes de lectura y noches de conversación, pero dentro de este amplio abanico de insumos para la animación lectora tenemos uno muy especial: El Cuentacuentos, a quien asociamos rápidamente con el mundo  de la literatura infantil y juvenil, sin considerar que en sus raíces, es la desembocadura de una parte inherente de la tradición oral de nuestro continente. Ningún relato en el mundo tendrá la voz de cuna y rima que contiene Latinoamérica, incrustado gracias a las letras que van desde Gabriela Mistral a Hernán del Solar, hasta la voz musical más allá de los Andes de María Elena Walsh.

Todo este relato poético muchas veces está acompañado de la música. Para Verónica Herrera son herencias que “han permanecido en el tiempo, avalados por su vigencia social y su valor artístico”, convertidas en rondas en la obra “Ternura” de Gabriela Mistral , jugarretas y canciones que dan identidad a toda una generación de adultos. Otros ejemplos de la musicalidad son el trabajo de Alicia Morel con su obra entrañable “La hormiguita cantora y el duende melodía”. No nos culpemos si nos quedamos escuchando atentos una canción  de 31 minutos y reímos con inocencia infantil. Es parte de lo que somos.

En tiempos más actuales, buscamos una literatura infantil que sea subversiva, que se aleje de la necesidad de moralizar, de enseñar, de utilizar. Buscamos el placer por la narración como deseo de conquistar nuevos y mejores lectores. Obras como las de Anthony Browne con “Voces en el parque”, Sendak con “Donde viven los monstruos”, o acercándonos a Chile con “Es así” de Paloma Valdivia, dan cabida a la voz de la comunidad, la que se refleja en narraciones orales que se replican a lo largo de las historias de instagram, adaptándose con el fin de acompañar a los más pequeños con relatos, pero que a su vez, atrapan en un sinfín de calor humano a los más grandes. El ritual es el mismo: Un historia, una voz, comodidad y la humildad de sentarse a escuchar.