Las ollas comunes como estrategia de resistencia y denuncia social

Por Javier Escobar, Antropólogo, Magister en sociedad y desarrollo territorial.

Sin duda los últimos meses han sido duros, la pandemia mundial producto del Covid-19 nos viene a agudizar la crisis social que enfrenta nuestra nación. Hace un par semanas nuestra alcaldesa mencionó que “el hambre ya está presente en Antofagasta”, enunciado que respaldó con enormes cifras de personas que se encontraban postulando por apoyo social (16.000 personas). Paralelamente, nos encontramos en un periodo donde los despidos aumentan día a día, lo cual genera un panorama poco alentador y que afecta directamente en el bienestar de necesidades básicas; como lo es la ingesta de alimentos, por ejemplo. Bajo este contexto y en respuesta a la satisfacción básica de comer, es que están apareciendo a lo largo de Chile, las ya olvidadas ollas comunes.

Si bien es cierto, las ollas comunes son una estrategia comunitaria –popular generalmente- que congrega a un grupo de personas que están frente a una necesidad común: el hambre. A lo largo de nuestra historia ha sido recurrente esta forma de organización colectiva, ya sea en el contexto de una huelga o bien por una crisis económica prolongada.

Las ollas comunes tienen un fin funcional, buscan resolver satisfactoriamente la necesidad básica de ingerir alimentos, pero también pueden ser un instrumento de denuncia social.

Las ollas comunes, pueden ser una forma de resistencia social y simbólica cuando se constituyen como un punto de inflexión capaz de tensionar la estratificación socio-económica del país, y así poner en evidencia la desigualdad social. En una sociedad con un alto nivel de estratificación, la vida se mueve según regulaciones de dinero vs precios en un plano de relaciones verticales económicas carentes de reciprocidad y solidaridad.

Desde la antropología económica, se analizan las sociedades fuertemente estratificadas como la nuestra, concluyendo que a mayor estratificación menor son las relaciones de reciprocidad y solidaridad. En este sentido, las ollas comunes pueden considerarse como una resistencia del modelo económico. Pues en ellas opera una lógica organizadora desde un plano horizontal con un fuerte sentido de reciprocidad, solidaridad y dignidad.

Surgen de la necesidad de organizarse para resolver una necesidad que afecta colectivamente a un grupo humano en el contexto de una crisis social. Escenario que acentúa las prácticas solidarias, sobre todo en aquellos relegados socialmente. También repercute en las relaciones económicas sociales basales, dando como resultado relaciones solidarias basadas en la reciprocidad. Cabe mencionar que la reciprocidad es un principio organizador de la economía que funciona en planos de intercambios horizontales. Por consiguiente, las ollas comunes además de ser funcionales para resolver el problema del hambre, pueden llegar a convertirse en estrategias de resistencias solidarias, recíprocas y horizontales que denuncian  y desnudan nuestro sistema económico. Por otro lado, también nos invitan a repensar nuestro sistema desde la solidaridad y dignidad en post del bienestar social.