Mario Bahamonde, memoria viva

Columna literaria de Marcela Mercado, presidenta de la Corporación Cultural "La Toma".

Marcela Mercado

En su Guía de Producción Intelectual Nortina, publicada el año 1971, el prosista y poeta antofagastino Mario Bahamonde denunciaba el derrotero y la pérdida del acervo regional, Hubo una música tan antañosa- decía- como los rastros remotos de la vida, que hoy desconocemos. Música que se desarrolló sucesivamente de acuerdo a la etapa que vivía la zona. Ya no hay memoria de las viejas cuecas mineras (algunas de cuyas letras hemos archivado) ni tampoco hay memoria de las cuecas pampinas, pero de la vieja pampa salitrera. De este mismo modo se ha ido perdiendo en el olvido el primitivo teatro minero o las antiguas payas populares o el refranero nortino y todo el saber que constituye nuestra alma regional».

Bahamonde, cuya principal preocupación orbitaba en torno al desapego y alienación creciente que el hombre nortino experimentaba frente a su cultura, leyendas, mitos e historia, observó cómo se desfiguraban la forja de una identidad y de una palabra, que es materia prima de la memoria y la percepción. Por esa razón, dirigió sus afanes a realizar estudios acabados y gestiones que configuraron a la tierra nortina y sus voces, como la quintaesencia de su producción. No casualmente afirmaba que “La tierra siempre es el más viejo Dios”

“La tradición se perdió por completo-reclamaba Bahamonde- y desapareció sin más rastros ni justificaciones que nuestra propia ignorancia. Y lo que es peor, nadie sabe qué significan nuestros nombres regionales. Nadie sabe qué quiere decir Chuquicamata (dura lanza) ni Taltal (gallinazos) ni Calama (brotes, reverdecer) ni Loa (rápido, ágil), ni Iquique, Arica o Tocopilla, ni cada uno de los nombres que señala nuestra toponimia.” 

Su lucha contra el olvido hizo que su pares reconocieran en su obra y vida, la de un aventurero cargando la piedra fundacional frente a la agria indiferencia. Al respecto, Nicomedes Guzmán poeta y novelista, también enmarcado dentro de la generación del 38, afirmaba: “Bahamonde fue fiel a su tierra de piedras y arenales, de soles y distancias, camanchacas y huellas. Desde el primero hasta su último libro se escucha el latido del desierto y las voces de sus habitantes.”

Si entendemos la educación como el fundamento que permite pasar del hogar a la ciudad, y el arte como la capacidad de amplificar la trama del significante y elaborar una lógica de polis, la cultura adquiere una dimensión fundamental y resulta ser el fertilizante para que la tradición transite de una generación a otra, constituya identidad y permita el cuidado y la conservación del patrimonio.

Fertilizar nuestra tierra para que desde ella broten signos, letras, pinturas, esculturas, fotografías, sones, danzas  y lugares. Tal como Bahamonde, alzarnos en contra del olvido, escribir nuestro propio relato, ése es nuestro desafío.