Madame Bovary

Columna literaria de Marcela Mercado, presidenta de la "Corporación Cultural La Toma".

Marcela Mercado

Gustave Flaubert tardó cinco años en escribir Madame Bovary, su primera obra maestra. Antes había escrito relatos y novelas que lo dejaron con la sensación de que había sido incapaz de alcanzar lo que se proponía. Se dice que después de leer en voz alta a lo largo de varios días a un grupo de amigos, el manuscrito de “La tentación de San Antonio”, aquéllos le aconsejaron que intentara algo muy distinto; no un gran fresco romántico situado en la antigüedad, sino una historia contemporánea tomada de las ocurrencias cotidianas de la Normandia de Flaubert.

Apartándose del mundo, trabajando muchas horas al día, sometiendo cada frase a una autocrítica implacable, Flaubert concibió la historia de Emma Rouault, quien se casa con el médico Charles Bovary y vive la vida rutinaria del pueblito de Yonville. Pero el espíritu inquieto y fantasioso de Emma Bovary, atizado por las aventuras apasionantes de las novelitas de amor que lee, aspira a una vida distinta, de lujo, pasiones y excesos, algo que la joven intenta materializar enredándose en aventuras de las que saldrá cada vez más golpeada y humillada, defraudada siempre por el espíritu mezquino, la cobardía y el egoísmo de esos hombres a los que se entrega, creyéndolos a la altura de sus sueños. Al final, Madame Bovary derrotada una y otra vez por esa realidad sórdida, opta por el suicidio.

Para muchos, Madame Bovary inaugura la novela moderna y sienta las bases de la gran revolución narrativa del siglo XX. Hasta Flaubert, la novela era considerada un género plebeyo, a diferencia de la poesía, donde la belleza del lenguaje alcanzaba su máxima expresión. Flaubert se empeñó en que la prosa narrativa tuviera también la excelencia artística de la poesía. Ideó un método de trabajo según el cual una frase alcanzaba la perfección si pasaba la prueba musical. Es decir, si al ser leída en voz alta, encantaba al oído. Si algo chirreaba en ella, entonces consideraba que el pensamiento era confuso o incorrecto y, por lo tanto, la frase debía ser rehecha de principio a fin.

Esto hace que Madame Bovary nos parezca un objeto en el que nada falta ni nada sobra, como en una sinfonía de Beethoven, un cuadro de Rembrandt o un poema de Góngora.

Leer esta historia, trae consigo la experiencia de enfrentarse a una de las novelas mejores concebidas de lo que alcanzamos a conocer como literatura.