La peste y la literatura

Columna literaria de Marcela Mercado, presidenta de "Corporación Cultural La Toma"

Marcela Mercado

El Coronavirus instalado en el planeta, la lenta reacción de los gobiernos de occidente y la crisis política y cultural que vive nuestro país, nos han recordado la extrema fragilidad de la especie humana, cuán vulnerables somos y cómo la ficción nos sirve para entender y sostener la realidad.

Así, nos hallamos con que muchos han girado al texto de uno que pensó acerca del hombre, las pandemias y la existencia: Albert Camus, quien en su texto “La Peste”, publicado el año 1949, cuenta la vida de dos médicos que a partir de su encuentro en una ciudad en Argelia, Orán, deciden enfrentarse de manera humanitaria a los azotes que está teniendo una plaga que va a terminar convirtiendo a la sociedad en un lugar de muerte y probredumbre. Camus relata cómo en ese momento de caos y desgracia, uno puede encontrar al ser humano en su mayor dimensión.

Otro libro donde hallamos este tópico es la novela “Némesis” de Phillipe Roth en que el autor decide hablar de las últimas estancias del ser humano. Está ambientada en New Jersey en el verano de 1944 y cuenta la historia de un joven profesor judío de educación física que decide enfrentar la plaga de poliomelitis que está azotando su comunidad, que no sólo mata a sus alumnos, sino que está  dejando con secuelas terribles a esa población. Roth nos sumerge en la vida de ese hombre, que no ha tenido una vida fácil, pero que es un ser humano con mucho honor y dignidad  y que se lleva a los chicos para alejarlos de la plaga. Es un texto cargado de ironía y de una profunda reflexión, con un final impresionante.

Gabriel García Márquez toca en dos de sus grandes novelas episodios con respecto a la peste. En “Cien años de soledad” hay un momento en que Macondo se ve azotada por la peste del olvido y es el Coronel Aureliano Buendía quien concibe la fórmula que habría de defenderlos durante varios meses de las evasiones de la memoria, escribiendo a cada objeto su nombre, lo que les permitió vivir durante varios meses en una realidad escurridiza, que se fugaría definitivamente cuando olvidaran los valores de la letra escrita. Por otra parte, en “El amor en los tiempos del cólera,  que comienza así: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados” nos cuenta la historia de un amor aplazado por toda la vida,  una historia que no se va a dar entre dos jovencitos, Fermina Daza y Florentino Ariza, y que tiene como telón de fondo la peste del cólera.

Finalmente, en el clásico Decameron, que fue escrito entre 1351 y 1353, por Giovanni Bocaccio, nos encontramos con cien cuentos narrados por un grupo de jóvenes que se aíslan de la gente, se encierran a contarse historias eróticas. Tiene un inicio arrobador,  que bien podría ser el comienzo de nuestros recuerdos futuros, una vez que, como especie, hallamos superado este tormento: “Cuando más graciosísimas damas, pienso cuán piadosas sois por naturaleza, tanto más conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio un principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada, universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. Pero no quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre suspiros y lágrimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso comienzo os sea no otra cosa que a los caminantes una montaña áspera y empinada después de la cual se halla escondida una llanura hermosísima y deleitosa que les es más placentera cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la bajada”