Legitimidad del proceso constituyente

Columna de Camila Valderrama, Presidenta Juventud Evópoli Antofagasta

Camila Valderrama, Presidenta Juventud Evópoli Antofagasta
Camila Valderrama, Presidenta Juventud Evópoli Antofagasta

Es natural que las heridas dejadas por las casi dos décadas de ausencia democrática que vivimos como país en el siglo XX, en el contexto de la guerra fría, marquen desconfianzas en el diálogo como medio para encausar una crisis social. Esto afecta especialmente a aquellas generaciones que vivieron aquella época como también a aquellas que heredaron los traumas de la misma, siendo la desconfianza en el “adversario” político una característica común. No obstante, la historia ha demostrado en múltiples experiencias internacionales que los procesos constituyentes son, por definición, la vía democrática para dar una salida limpia a estas crisis sociales y en este sentido somos muchos los que preferimos la razón antes que la fuerza o, mejor dicho, aplicar la fuerza de la razón.

En cuanto a la tan utilizada “legitimidad del proceso” como argumento de ambos lados del río, el mundo liberal no puede desconocer que la Constitución vigente arrastra varios problemas de origen. Uno de los más importantes, en mi opinión, es que el plebiscito ratificatorio de 1980, que dio por aprobada la actual carta magna, no se encuentra respaldado por registros electorales como los concebimos hoy, cuestión compleja si consideramos que permitió instalar de jure lo que hasta el momento había sido de facto.

Distinto es lo que sucede con el plebiscito que se nos viene en octubre, que se realizará en plenas condiciones democráticas, con registros electorales que garantizan un resultado electoralmente genuino. Ciertamente el nivel de violencia vivido a fines del año 2019 es un dato que distrae a parte de la población de este contexto, sin embargo ello no ha de servir como argumento para desconocer el proceso constitucional que estamos viviendo, pues, al final del día, la importancia del hito que marcó el comienzo del fin de nuestro periodo de transición sigue vigente: la gran salida democrática del 15 de noviembre de 2019 mediante el acuerdo por la paz y la nueva constitución.

Según los sectores más conservadores de este país, los actos de violencia son propios de grupos terroristas, casi comparados con los peores grupos guerrilleros de la región, sin embargo creo que la violencia no ha de empañar nuestro juicio, y si bien los violentistas en algún momento tuvieron la pelota en su cancha, los partidos se la quitaron y le pusieron reglas al juego con la finalidad de dar una salida institucional a un conflicto que de otra forma hubiese seguido escalando en los niveles de violencia.

En esta parte de la teoría conservadora, aquella que dice que se le está dando en el gusto a un grupo violento y no a la mayoría de las chilenas y chilenos, es donde debo discrepar fuertemente. Las calles se llenaron de madres, padres, profesores, estudiantes, trabajadores, empleadores, niños, jóvenes y ancianos aunados tras la esperanza de que la vida puede y debe ser mejor. Sin el estallido social y esa cantidad exorbitante de ciudadanos pidiendo un Chile mejor hubiese sido imposible romper la inercia del país, que vivió orgullosamente 30 años de progreso y abundancia, pero que paulatinamente fue generando desigualdades e injusticias.

Si bien aprobar una nueva constitución no da solución inmediata a todos los problemas sociales actuales, sí nos encamina a construir juntos el Chile de los próximos 30 años y de paso nos ayuda a marginar de este proceso a los grupos radicales con una buena dosis de democracia y dialogo. Éste es el punto político relevante, a mi juicio, de buena parte de este proceso.

El “Apruebo” liberal, que me identifica, se basa en parte en estos argumentos y busca poner sobre la mesa una propuesta de constitución mínima para lograr una democracia máxima, que sea de todas y todos, que no imponga un modelo de izquierda o de derecha, sino que sea fruto de un diálogo constituyente, en donde cada uno presente sus ideas y convicciones para que juntos logremos encontrar esos mínimos comunes que permitirán establecer el marco de acción del Chile de los próximos 30 años. El “Apruebo” liberal se sustenta en los más de 200 años de historia republicana, en la mejora continua vivida en cada proceso de cambio constitucional y, sobre todo, en la idea de sentarnos a pensar en un Chile más justo, libre e inclusivo.

Dentro del amplio espectro del “Apruebismo”, en Evópoli tenemos el gran desafío de lograr convencer con diálogo a la mayor parte del órgano constituyente para que nuestra idea de constitución, que ya mencionábamos hace seis años y que incluso se puede ver en el programa presidencial que presentamos en las últimas primarias de nuestro sector, se plasmen en la nueva carta magna nacional. Es vital que las y los constituyentes sean personas que encarnen nuestros 15 principios, tengan capacidad de diálogo pero, por sobre todo, puedan tender puentes con todos los sectores de nuestro país. Ha sido la política de trincheras la que hoy nos ha dejado un tanto estancados y Evópoli, en esa promesa de oxigenar la política, tiene que liderar la conversación, con el objetivo de construir un Chile más justo, libre e inclusivo.