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Antofagasta
miércoles, mayo 12, 2021

La Avenida Brasil de Antofagasta

Columna de Ricardo Rabanal Bustos, Profesor, Cronista y Bombero.

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“Nuestro edén del desierto no tiene época ni tiempo, nos pertenece a todos los hijos e hijas de la pampa y en sus jardines democráticos han convivido y disfrutado generaciones y generaciones de Antofagastinos”.
“El Doctor Poblete es el más legítimo orgullo de Antofagasta y con razón diríamos también de Chile. No hubo nada imposible para este hombre infatigable, a tal punto que… vimos transformarse un arenal estéril en el extraordinario jardín que es la avenida Brasil”.
Con estas elocuentes palabras el Mercurio de Antofagasta despedía al Doctor Maximiliano Poblete Cortes, que un 3 de agosto de 1929 abordaba el vapor “El Ordoña” rumbo a Valparaíso y después a su establecimiento definitivo en la Ciudad de Santiago. El Alcalde Modelo, como respetuosamente lo llamaba la ciudadanía, dejaba entre lágrimas su Perla del Norte y solo volvería varios años después, unos meses antes de morir, era el año 1946 y junto a Don Isaac Arce recibía el título de “Ciudadano Honorario de Antofagasta”, denominación entregada por el concejo municipal a estos dos notables Antofagastinos por acuerdo unánime de este cuerpo colegiado que regía los destinos de la ciudad y que por esa época era presidido por el notable alcalde Don Héctor Hernán Albornoz Veliz.
Durante la gestión del alcalde Poblete que se desarrolló durante 18 fructíferos años, su administración logro postular y adjudicarse un préstamo en la ciudad de Londres Inglaterra por una importante cantidad de dinero de la época, dinero que alcanzó a 200.000 £ mil libras esterlinas de las cuales destinó 136.000 £ en la pavimentación de la ciudad, 30.000 £ en la construcción del Mercado Municipal y el resto en la remodelación de la Avenida Brasil y el Balneario Municipal. Edificaciones que en la actualidad aún mantiene su importancia ornamental y la plena vigencia de sus instalaciones.
Fue así como este notable político radical, de profunda preocupación la justicia social y los problemas derivados de la paralización de gran parte de las Oficinas Salitreras, comenzó su carrera de servidor público como regidor en 1909 y alcalde en 1912, fue quedando en la historia distinguida de la ciudad y en el recuerdo individual de cada uno de los ciudadanos que lo conocieron.
Hoy su busto de bronce noble, realizado por notable Arquitecto Antofagastino Don Jorge Tarbuscovic Dulcic, preside, resguarda y da comienzo a la Avenida Brasil como agradecido testimonio del pueblo de Antofagasta a un importante servidor público que coronó con obras de carácter social y que hasta el día de hoy perduran como símbolo de una austera, honesta y eficiente administración.
Los orígenes de nuestro “criollo parque central” comenzaron como una improvisada pista de carreras de caballos algo clandestina y sin Dios ni ley, fuente de conflictos y peleas populares, según las “malas lenguas” e informes de las autoridades. Por lo que un 19 de mayo de 1897, en tiempos del connotado alcalde Hermógenes Alfaro, fue que sus terrenos fueron destinados oficialmente a ser considerados como un parque para los habitantes de la ciudad de Antofagasta llamado Avenida del Brasil. Nombre propuesto por la Sociedad de Mujeres y no tomado muy en cuenta al principio por los regidores de la época. El parque que originalmente comenzó llamándose Emilio Sotomayor Baeza, en memoria de un “notable patriota”, por una comisión destinada para tal efecto, pronto y en consideración con la fraternidad y amistad con la hermana República de Brasil comenzó a ser llamado por ese nombre el 21 de mayo del mismo año, fecha que además se comunica y oficializa la decisión a dicha embajada.
Con los años, sin buscarlo ni quererlo, este parque comienza a ser emblemático para la ciudad de Antofagasta y un importante polo de desarrollo inmobiliario para las más acomodadas familias de la Perla del norte que encontraron en estos importantes espacio urbanísticos, así como en los magníficos jardines que tenían al frente como avenida, el lugar perfecto para construir las más lujosas casa o chalet que le han dado a la avenida, un marco señorial y personalidad propia por muchos años a nuestra querida Avenida Brasil. Era común para las familias más humildes disfrutar admirando las diferentes propuestas y estilos arquitectónicos que buscaban miradas de asombro en las cuadras paralelas a los parques de la avenida. Los apellidos iniciales de las familias que habitaron y construyeron estos magníficos palacios del desierto quedaron plasmados para siempre en la memoria colectiva de todo buen Antofagastino: la casa de la familia Farandato, la casa del Ferrocarril A.B., la casona del regimiento Esmeralda y su mástil histórico del morro de Arica incendiado en 1955 y la casa Abaroa solo por nombrar algunas magníficas propiedades que habitan en el inconsciente colectivo de la ciudad.
Pero este particular y maravilloso prado ubicado relativamente cerca del centro comercial e industrial de la ciudad, más temprano que tarde se va constituyendo en un lugar de encuentro y esparcimiento social de una ciudad muchas veces dividida hasta la muerte por los distintos conflictos sociales de mediados del siglo XX. Las distintas familias antofagastinas sin importar su condición social comenzaron a visitarlo cada fin de semana, disfrutar de sus jardines, asientos, esculturas y pérgolas de elegantes estampas regaladas por las colectividades, mutuales o colonias de inmigrantes asentadas en Antofagasta, una de las piezas más hermosa y que se destacaba con señorío propio era ” Los Luchadores” escultura donada por la colectividad Griega con motivo de nuestro primer centenario.
A finales de los años “20 una sección del parque comenzaba a cobrar viva e independencia propia por la cantidad de niños que la visitaba.
Si bien no hay una fecha exacta, fue aproximadamente por los años “30 cuando el consejo municipal de la ciudad viendo la gran cantidad de familias que en compañía de sus hijos e hijas visitan el Parque decide la instalación de algunos juegos infantiles. Con ello nacen a la vida y a la memoria sentimental de generaciones y generaciones de Antofagastinos, los emblemáticos columpios, montañas rusas y los magníficos Patitos amarillos que todo adulto, alguna vez cuando infante disfruto meciéndose feliz en atenta mirada vigilante de una madre o un padre maravillosamente nortino, preocupados por la seguridad de sus Antofagastinos querubines.
Hasta el verano de 1955 era común ver en uno de los parques de la avenida Brasil a las familias compartiendo con sus hijos que por esos años realizaban el servicio militar en el Glorioso Regimiento Esmeralda de Antofagasta, ese año, un día 15 de enero que pasaba en la tranquilidad y rutina propia del verano nortino. Esa serenidad fue abruptamente interrumpida por la sirena de bomberos que comenzó a estremecer el silencio de la pequeña ciudad, rápidamente los atónitos vecinos dirigieron sus miradas al sector de la Avenida Brasil donde una columna de humo y llamas se levantaba como el más siniestro pilar de llamas y hollín negro que levantaba entre sus torbellinos sombríos a miles de chispas incandescentes al cielo oscurecido de una Antofagasta asombrada. Todas las compañías respondieron a la alarma y muy pronto las radios locales dieron la noticia que el histórico y querido Regimiento Esmeralda ubicado en ese entonces, en la calle O’Higgins esquina General Velásquez ardía en llamas. Dos vidas y pérdidas históricas irreparables causaría este siniestro.
Este importante y magnífico jardín ciudadano, fue descrito por el propio alcalde Poblete como “Un lugar construido con tierras de todo el mundo, en donde el romance pueda respirar el cielo del norte, con niños corriendo en libertad, un verdadero pulmón para Antofagasta”.. Quién lo iba a pensar cuando las tierras venidas de todo el mundo, viajando en las bodegas de vapores y veleros, se comenzaron a mezclar con la árida tierra del norte para generar un vergel. Con casi un kilómetro de extinción, alguna vez a principios del siglo XX también sirvió no solo como una improvisada pista hípica de carreras casi ilegales, que entretenían al pueblo en los días festivos y en las celebraciones nacionales, sino que también para algunos desfiles y celebraciones populares.
Antofagasta siempre ha tenido sed: sed de justicia, sed de disfrutar de una parte de sus riquezas que han hecho vivir a Chile por siglos, sed de un aire limpio, de agua pura y de un trato justo por un centralismo asfixiante. La avenida Brasil también sufrió la sequía que sobrelleva hidalgamente Antofagasta y cuentan algunos vecinos que durante las décadas de los años “50 y “60 hubo ocasiones en que los jardines y árboles debieron regarse con aguas servidas, los olores, según los vecinos podían aguantarse, lo importante era salvar los añosos árboles que le entregaban un verdor y sombre que la ciudad y sus habitantes tanto necesitaban.
La Avenida Brasil de Antofagasta nace a la luz de la vida a comienzos del siglo XX como un sueño mutuo de una ciudad en crecimiento, es el esfuerzo mancomunado y colectivo de entregar a la comunidad un lugar de sano esparcimiento y contacto con la naturaleza para todos los hijos de esta tierra nacidos o llegados a ella. Es nuestro “Central Park” Neoyorkino o Avenue des Champs-Elysees Parisino criollo. El Parque Cousiño Antofagastino, por lo que todas las autoridades de todos los tiempos y de todos los signos políticos lo han entendido así y tal vez esta ha sido la clave de su existencia que a lo largo de los años le ha permitido sobrevivir a las sequías, a la falta de reparaciones, o simplemente al abandono o la desidia. Se equivocan profundamente las autoridades en acercar a nuestra querida Avenida Brasil de Antofagasta oscuras realidades que nada tienen que ver con el espíritu original de este hermoso jardín ciudadano y social perteneciente a generaciones y generaciones de Antofagastinos.
Una madre que baja desde las calles altas de Antofagasta, lleva a sus hijo a jugar en los Patitos amarillos de la avenida y con atenta mirada de matriarca romana del desierto velara por su seguridad siempre, más allá, una familia completa disfruta de unos algodones de azúcar a la sombra de los añosos árboles que los protegen del sol y le dan fresco, mientras algunos niños y niñas juegan despreocupadamente sobre el césped verde del desierto, frente a ellos unos ancianos contemplan a sus nietos mientras dan sus primeras vueltas en sus bicicletas nuevas. Entre los árboles y arbustos, así como un poco escondidos, dos enamorados contemplan el atardecer en romántica velada.
La avenida, nuestra Avenida Brasil no tiene época y será de todos ahora y siempre.

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