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jueves, abril 15, 2021

El León de la Plaza Colón de Antofagasta

Columna de Ricardo Rabanal Bustos, Magister en Educación, Profesor, Historiador y Cronista.

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«Este felino de bronce noble es nuestro eterno guardián de una ciudad y puerto que al compás del reloj de los Ingleses y el odeón de los Eslavos, retrata las historias más humanas desde la infancia misma, de una urbe que no se rinde jamás al desierto y cuya voluntad humana a vencido las injusticias, el centralismo y las dificultades en todas las épocas».
Con su mirada felina y casi distante, el León de la Plaza Colón de Antofagasta parece mirar a la primera cuadra de la calle Sucre, a ver quién comienza a subir o quien es el último en bajar de la ciudad como añorando el recuerdo ese viejo muelle de pasajeros que una vez recibió al migrante Chileno y luego a los gloriosos soldados y artilleros de marina que dieron Chilenidad definitiva al novel y pujante puerto nortino.
Qué imagen magnífica debieron llevarse los primeros desembarcados venidos del mundo entero cuando pudieron ver a nuestro león y las esculturas que lo acompañan en ese pedestal de altura imponente entregado a la ciudad en el Centenario de Chile por la colonia Española, cuando llegaban a este norte minero fundador de riquezas nacionales y mundiales y al pequeño puerto de casa y palacios de madera, más bien modestos, que los recibía con bronce puro y bello en la forma del magnífico Rey de África.
Cruzar el odeón de retretas para no irse de Antofagasta, escuchar las campanadas del viejo reloj Centenario al medio día, sentarse algunos minutos en los bancos de la plaza oteando el cielo y las palmeras para hacerle el quite a palomas y jotes del desierto que apuntan desde las alturas sus letales fecas corrosivas. Lustrarse los zapatos mientras lees el diario de la mañana…y fotografiarse junto a tan magnífico y gallardo león es sin duda el ritual y liturgia que cada Antofagastino ha hecho alguna vez en su vida.
En cuántas casas y hogares hay alguna fotografía suya con algún ser querido que ya partió de este mundo. Él, nuestro León, nos recuerda el espíritu indomable, fiero y reinante de una ciudad que en su breve historia ha producido hombres y mujeres notables en las luchas correctas y utopías que eligieron como norte de sus causas y quimeras más sinceras, siempre la senda de la justicia, la paz, la santidad y el progreso mancomunado.
Su lomo de bronce noble, algo desgastado pero más dorado, brilloso y reluciente por tanta montadura inmóvil que avanza y retrocede solo en la imaginación infantil, en el tiempo y en las memorias ejercitadas por las viejas fotografías color sepias o blanco y negro, pegadas en los álbumes guardados en cajones de baúles que en ocasiones, cuando baja la nostalgia y la necesidad de encontrarse con la alegría amarga de la imagen de nuestros viejos y viejas que ya partieron de este norte terrenal y habitan en los recuerdos maravillosos y a la vez tristes de un cielo azul, con un desierto amanecido en plenitud que limita solo con el mar y nuestra imaginación de niños montados en un león eterno.
En lo alto de tan histórico monumento, casi a medio camino del Olimpo, dos mujeres de arrogante mirada y frío desprecio metálico, contemplan desde su aristocrática y real posición y tal vez con un dejo de bronceada envidia, la popularidad del guardián felino que a sus pies se yergue indómito con voluntad y fama propia que las ha superado largamente dejándolas casi en el anonimato y el desconocimiento general.
Cuántas mañanas de apurados trámites bancarios ha visto pasar el león, cuantas tardes de bulliciosas risas infantiles escucharon sus metálicos oídos, cuantas palabras y gestos de amor sus pupilas sin expresión retrataron con la certeza del metal insensible. Qué pudieron ver en la oscuridad de la noche clandestina sus perpetuos ojos fríos, atento a los movimientos furtivos de humanos, hombres y mujeres en pecaminosos movimientos de deseos amparados por la vegetación y la oscuridad impenetrable de la noche. Conversara nuestro León con los fantasmas de los obreros ferrocarrileros asesinados vilmente que claman justicia y recuerdo cada día desde la fatídica tarde noche del 6 de febrero de 1906.
Ojos felinos húmedos con la bruma marina costera que en las madrugadas heladas y misteriosas invade la plaza Colón de Antofagasta debe saber con la exactitud del tiempo los detalles de nuestra historia.
Tú, magnífico ejemplar de bronce, campeón del desierto indómito y sereno guardián de una ciudad modesta, siempre has estado aquí. Desde las primeras fotografías rodeado de caballeros de traje negro, bigotes abundantes y zapatos muy brillantes para una ciudad polvorienta con veredas de madera que recorrían sus calles de forma ligera. Gracias Madre Patria por inspirar a los hijos e hijas de Cervantes, el Cid e Isabel para instalar tan magnífico monumento que nos entrega personalidad e historia propia como ciudad y capital del despoblado de Atacama.
Cuántas damas del mundo, de dulce mirada, cuidados modales y correcto atuendo que paseaban y lucían elegantes la moda del comienzo del siglo pasado caminaron junto a ti, su distinción seguramente destacaba mucho al costado de tan enaltecida melena de bronce más bien oscuro.
En mi casa también estás supremo león del tiempo, resguardas la infancia ida de un niño flaco y humilde que junto a su madre y a una abuela que ya partió de este mundo, una tarde de verano se fotografiaron en blanco y negro, de correcto traje y corbata para la posteridad eterna del recuerdo propio.
Pasan los años, Rey de África está anclado en el norte y tú eres el mismo y nosotros no, cada día agotamos nuestros pasos y cansamos nuestras vistas, y como esos niños, niñas. Señoras y Caballeros de antaño, algún día no te veremos más. Pero tu deber de felino, de León, es permanecer en las épocas futuras de la ciudad, por ser, tal vez sin buscarlo sus artistas, constructores y financistas la representación física de nuestro valor de Antofagastinos, de hijos de esta tierra generosa para la nación y el mundo. Por eso de cuando en vez y de vez en cuando una «manito de león» que vitalice tu eterno metal siempre está bien, para que juntos a nuestros otros símbolos de ciudad, nos sigas acompañando gallardo y altivo, querido León de la Plaza Colón de Antofagasta por muchos, muchos años más.

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