El médico de los pobres

Crónica de Ricardo Rabanal Bustos, Magister en Educación, Profesor, Historiador y Cronista.

Ricardo Rabanal Bustos, Profesor, Cronista y Bombero.
Ricardo Rabanal Bustos, Profesor, Cronista y Bombero.
«Un santo de espigada figura y delgada silueta, que sanando al prójimo, recorrió las calles polvorientas de un pueblo pequeño que comenzaba recién a dar sus primeros pasos como gran Ciudad».
Siempre me he preguntado, desde que un colega bombero me dijo hace algunos años atrás. Que si la esquina de calles Latorre con Maipú es la única intersección de calles en el casco urbano de Antofagasta que llegan a una pequeña cima o cumbre….Si una persona observadora se detiene en la citada equina, puedes ver como las calles descienden en dirección a los cuatro puntos cardinales de la tierra, sin duda una curiosidad geográfica que está intercepción urbana este en una pequeña cúspide natural, un poco más cerca del cielo, más en las alturas que el resto de las vías a su alrededor. La casa del doctor Antonio Rendic que habito por años está en esa esquina, en lo más alto, silenciosa, casi sin saberlo, como un santuario urbano de peregrinación de ciudadanos humildes que buscaban salud para sus cuerpos y paz para sus almas.
El Doctor, un hombre del norte, un médico correcto, un bombero eterno, un enamorado de sus tierras maternas que echó raíces en las sales de la pampa, siempre en búsqueda de la santidad, en el ejercicio permanente de hacer el bien a sus semejantes, al prójimo, convierten el lugar de su residencia terrenal en un santuario o simplemente en el patrimonio de una ciudad impactada por una remodelación sin memoria, que ve cómo se va desapareciendo su historia humana y arquitectónica fundacional por diferentes motivos en docenas de viviendas que nos recuerdan la epopeya heroica de ser Antofagastinos de viejo molde, de antiguo cuño como diría mi madre.
No recuerdo exactamente cuántos años tendría, pero esa tarde mi madre esperó solo algunos minutos para que me atendiera, era el tiempo en que los consultorios y las clínicas estaban por existir; el tiempo en que las horas por teléfono y los seguros catastróficos estaban por llegar, ese tiempo sin fonasa ni isapres abusivas. Ese tiempo en que si no alcanzabas horas en el hospital regional, podías ir a ver al médico de los pobres y él siempre te recibiría con una sonrisa santa en su rostro.
Sólo vagos recuerdos tengo de ese instante. Una sala algo oscuro, una vitrina de instrumentos plateados que brillaban con la luz de alguna lámpara lejana y otro anaquel de remedios que se repartían con generosidad extrema… y un médico alto de delantal blanco y hablar sereno que me examinaba pidiéndome tranquilidad y atención a sus preguntas.
«Quédese tranquila señora; es solo un resfriado, que en algunos días se le pasará», le dijo a mi madre al mismo tiempo en que le entregaba algunos remedios que guardaba en un cajón de su escritorio. Así fue como conocí al Doctor, al cual mi madre admiró siempre, como lo admiro la comunidad entera de una Antofagasta que descansa en los recuerdos maravillosos de quienes al nacer en esta tierra bendita tuvimos la suerte de conocerlo en vida y obra. Un Santo visitó nuestra pequeña ciudad olvidada por la justicia de la retribución y con su corazón inmenso le dio carne y verbo a los evangelios del Creador.
Con los años me convertí en profesor y aprendiz de cronista. El Mercurio de Antofagasta me publicó una crónica llamada «La Escuela y la Cárcel» y como forma de agradecerme el reconocimiento escrito a Profesores y Gendarmes por hacer vivir una escuelita con precarios medios, una mañana de los años «90 fui invitado a la graduación de enseñanza básica y media de los reclusos que son atendidos en la Escuela que funciona al interior de la Cárcel Pública. Estaba sentado junto a otros Colegas que trabajaban en el establecimiento esperando el inicio de la ceremonia, cuando de repente y mientras sonaba la música ambiental, sentimos una gran ovación que venía del lugar de los internos; era el Doctor Antonio Rendic Ivanovic que llegaba; de terno más bien claro, una corbata oscura y delgada más un elegante sombrero blanco, con un ribete negro de intenso brillo que parecía acaparar todas las miradas, sus zapatos cuidadosamente lustrados sellaban su elegancia. El Doctor caminó lentamente hacia su asiento entre los aplausos de todos los asistentes, a los cuales respondía con caballerosos gestos y venias de su sombrero, nos pusimos todos de pies y él nos dio la mano a cada uno de nosotros ceremoniosamente, lo recuerdo con la nitidez de las estrellas en el desierto de noches despejadas. El Doctor presenció atentamente la ceremonia y al concluir este evento se acercó a los reclusos y saludo a los que pudo estrechar sus manos entre abrazos y muestras de cariño, luego se despidió de nosotros y subió a un auto que lo esperaba estacionado por calle Prat.
Ha transcurrido el tiempo, las evocaciones de mil eventos asistidos en mi vida se han disipado de mi memoria como las hojas secas barridas por los vientos otoñales en la Avenida Brasil de Antofagasta. Pero el recuerdo de la ceremonia que a principios de los años «90 se le hizo en el Teatro Municipal por parte del Alcalde Don Floreal Recabarren Rojas (Q.E.P.D.) para homenajear al Doctor de los Pobres y presentar un libro suyo de poemas y escritos de Antofagasta, permanece inalterable al paso del tiempo como estatua de bronce cautiva he inmóvil en un pedestal de la Plaza Colón.
Primero habló Don Floreal, el maestro de la historia correcta, con fluidez y claridad repaso los pasajes más hermosos de una vida ejemplar al servicio de Antofagasta hecha ciudadanía, luego… allí estaba esa figura alta, muy delgada, que parecía equilibrarse solo en el peso de sus años acumulados en su espalda, Quijotesca; de cabellos blancos y pómulos hundidos en la santidad de dar, con cierta dificultad y ayuda subió al escenario y quedó solo frente al micrófono de ese Coliseo lleno de gente que enmudece ante la lucidez del hombre que hizo carne el evangelio, pan la medicina, ejemplo el voluntariado bomberil y soneto su amor por esta tierra. El médico que sanó los cuerpos de muchos y fortaleció el espíritu de todos los Antofagastinos que lo conocieron incluida la ciudad misma como un todo orgánico y social.
Los minutos pasaban rápidamente y él explicaba pasajes de sus escritos y poemas, con la habilidad mágica de los más eximios narradores de historias que una vez visitaron la Pampa…. Cuando por breves segundos; hace una pausa; los segundos pasan…y nos pide disculpas por que nos cree cansados. ¡Si cansados! a nosotros que cómodamente escuchamos a este hombre que sobrepasaba los 90 años y nos hablaba de pie desde el escenario. Sin error de memoria o dicción alguno. Al término de sus palabras un Teatro Municipal que aplaude de pie y eufórico a uno de sus hijos predilectos que sirviendo y entregando alcanzó la santidad, es una imagen imborrable para todos los que tuvimos el honor de estar allí esa noche.
El Doctor siempre recordó su tierra, esa bendita tierra donde nació un día 2 de Diciembre de 1896 en Sutivan, actualmente Croacia, que egresó de medicina el año 1922… y que dejó un tarde al igual que muchos de sus «paisanos» para ganarle al desierto y hacerse gente del norte, ellos fundaron Compañías de Bomberos; Clubes Sociales y Deportivos, dieron trabajo, en industrias y negocios, fueron carreteros en el desierto, lucharon por días mejores. José Papic, José Trevizán, las Familias Korlaet, Kútula, Martinich y Simunovic; son sólo algunos ejemplos donde el sentido empresarial jamás se ausenta de la caridad y el amor por este ripio estéril o arena bendecida en mineral que da forma diaria a nuestro paisaje.
Al pasar el tiempo y los acontecimientos de una ciudad en progreso, la figura del Doctor Antonio Rendic Ivanovic se hace inmensa, inmensa en la santidad de sus acciones y en la profundidad de sus escritos. Así como el sacerdote que recogió niños en los puentes del Mapocho o la Monja que limpió a los leprosos en la India, o el Padre que caminando por España y el mundo nos enseñó a conocer, honrar y respetar a Dios en la vida cotidiana. Este médico de los pobres con su vida y ejemplo nos llama a construir una sociedad nortina y universal más humana y justa, donde nuestros dones estén al servicio de los más necesitados y de sus requerimientos más urgentes.
Ayer la memoria y las acciones del Doctor nos reclamaron mucho más que un simple recuerdo hecho de calles y palabras. Era el bronce noble y austero el que debía inmortalizar la figura de un hombre Santo que una vez su compañía fue regalada por Dios a nuestra querida Antofagasta, esa deuda justa ya está saldada, tal vez sin la majestuosidad y ubicación que su figura merece, pero se reconoce el esfuerzo.