La poza chica de Antofagasta

Crónica de Ricardo Rabanal Bustos, Magíster en Educación, Profesor, Historiador y Cronista.

Ricardo Rabanal Bustos, Profesor, Cronista y Bombero.
Ricardo Rabanal Bustos, Profesor, Cronista y Bombero.
«Este tranquilo pedacito del Océano Pacifico. Este trocito casi rectangular de agua salada a disposición de las niñas y niños pequeños del norte, siempre fueron aguas mansas y calmas donde comenzamos nuestro amor y respeto por el Mar azul de Antofagasta».
Te acuerdas del tiempo en que los niños debían obligatoriamente bañarse en la poza chica, aunque estuviera la marea baja y el agua les llegara a los tobillos, comentábamos con algunos colegas Profesores una tarde de calurosos minutos de recreo en que el verano se acercaba sin contratiempos… Siii, afirmaron casi al unísono los y las colegas con un dejo de nostalgia, eran los años en que el tiempo transcurría más lento, las horas daban abasto para todas nuestras actividades, existía más quietud y amor por Antofagasta, había espacio para todo lo correcto. Podíamos ser exploradores de un mundo conocido, inocente y tangible de sol, playa, viento, agua, cerro y calle tranquila, jamás virtual o electrónico. Un mundo que siempre nos deparaba una sorpresa de la cual aprendíamos las realidades humanas de la vida familiar y social en compañía de nuestros amigos y amigas de la infancia que en una ciudad pequeña como Antofagasta dura toda la vida y te los encuentras en cada esquina céntrica de la ciudad.
Habrá e existido un lugar más democrático y concurrido en la Antofagasta de nuestros recuerdos que los «Baños Municipales» como lo llamaban nuestros Abuelos y Padres y lo que para nuestros tiempos de niñez y juventud ya lo comenzábamos a denominar «El Balneario Municipal y la Poza Chica».
Contará la historia que nuestro Balneario Municipal, incluida su Poza Chica , fue inaugurado en un caluroso mes de Diciembre de 1921, hace ya casi 100 años, bajo la administración del Alcalde modelo de la ciudad Don Maximiliano Poblete Cortes después de grandes esfuerzos económicos, con los importantes aportes en material e ingeniería de las obras de la construcción del nuevo Puerto y una férrea voluntad de progreso, no tan solo del destacado Alcalde, sino que de todo su Concejo de Regidores que entendían que Antofagasta necesitaba un lugar de «Baños de Mar» seguro y resguardado de los oleajes y de aguas más limpias que los Baños Maury, ubicados casi en el centro, junto al antiguo y recordado hotel Maury de la ciudad, que recibían dependiendo de la marejada toda la suciedad y escombros flotantes proveniente de la actividad de los muelles y navíos en la costa.
Para el año 1942 varios Antofagastinos alertaron de la presencia de un tiburón en las tranquilas aguas del balneario, rápidamente la ciudad se puso en alerta dado que no era común ver esta especie tan cerca de la costa. Fue el destacado joven nadador Don Eleamar Vila, cuya querida y respetada familia de origen Español tenía una lavandería y tintorería en calle J.S. Ossa al llegar a Baquedano, quien le dio caza al escualo y con ello logró una inmensa fama durante los años «40 que incluso le permitió ser invitado actuar en una película donde según las damas de la época, incluida mi Madre, lo hizo bastante bien como galán.
En verano todos los buses, todas góndolas, micros liebres, colectivos y taxis conducían a los «baños» casi sin excepción. En ese espacio diminuto de arena húmeda y mar cabía Antofagasta entera, del más adinerado ciudadano hasta el más humilde vecino de la Perla, con la única condición de querer gozar del mar sanamente. El sol y lo refrescante del agua salada no tenía tarifa alguna y alcanzaba para todos los bolsillos.
Siempre llegar a la poza chica y ganar un lado en los escalones reservados para los veraneantes a modo de asiento, que cubiertos con un techo de rejillas de madera protegían del sol insistente y estival a los más pequeños, fue toda una proeza de características casi épicas en que la voluntad, rapidez y convicción de la familia era primordial. Allí thermos, canastas, toallas y pesados quitasoles de lona tomaban perfecta y ordenada ubicación, mientras madres y abuelas protegidas además con frondosos sombreros de géneros o tejidos a crochet vigilaban atentas a sus querubines, con la fortaleza de las matriarcas del norte, hacer piruetas a los noveles nadadores en las atestadas y escasamente renovadas aguas de la Poza Chica de un domingo de verano por la tarde en mi dulce Antofagasta ya ida.
Lentamente las horas comenzaban a fluir, como la espuma blanca y amarga que flota alegre y despreocupada en la puntilla de la Poza Grande. Algunos pequeños intentaban la construcción de los tradicionales castillos de arenas que se apretujaban en la pequeña y transitada orilla de la poza chica. Fortalezas que poco duraban en el tiempo, ya que eran rápidamente pisados por las vertiginosas carreras de tantos niños y niñas bañistas apretujados en una franja angosta de arena que jugaban con la alegría de un verano seguro.
El maní confitado con su aroma inconfundible, una docena de churros calentitos con azúcar flor con el tecito de la abuela, los barquillos que se desintegraba en las manos húmedas, arrugadas y frías de niños flacos azulosos, tristones y tiritones de frío, que os ven y cubren de inmediato las matriarcas Dios mío. Niños que al salir del agua eran fuertemente refregados en enormes envolturas de toallas y poleras por sus madres, casi a manera de castigo por pasar tantas horas en esas aguas marinas de olores innombrables y dudosa salubridad. El turrón para los regalones vendido en perfecto traje blanco por el Esparry, «mirando y chupando, mirando y chupando» son sin duda alguno de los símbolos de otra Antofagasta, una que se fue lentamente, tal vez sin darnos real cuenta de lo que
perdíamos.
Las liebres de varios colores que apuraban su carrera para llegar primeras al balneario, los buses verdes olivo primero y rojos después de la ETC, que con marchar ceremonioso, crujiente y que en su demora acaloraban y entretenían al paciente pasajero que después de subidas y bajadas sinuosas, veía aparecer el parque Japonés, primer atisbo verde de un refrescante verano nortino, simple en sueños y diversión infantil sin mayor condición que el mar.
Con el solo hecho de ver el mar azul con manchitas blancas revoltosas ya se comenzaba a pensar en el refrescante chapuzón que nos daríamos al llegar a las calmadas aguas del Balneario Municipal y a su poza chica. Allí entre juegos, amistades, buceos, clavados, guatazos, carreras a pies descalzos, guerras de arena. Comenzaba a llegar la tarde y aparecían thermos y sándwich reconfortante para el regalón que le darían suficiente energía como para llegar a la casa y no irse pidiendo manzanas confitadas, helados de leche o los sabrosos churros calientitos que a esa hora de la tarde despedían un delicioso aroma que invitaba a servirse más de alguna docena que premiaba el gusto y castigaba el bolsillo de los más humildes veraneantes.
Hoy la Poza Chica desapareció, pareciera que nos quedó pequeña, pasada de moda, muy provinciana, fuera de los estándares requeridos para una gran ciudad intercultural y de cara al siglo XXI, tal vez esto es cierto, y hoy surge una moderna y única playa que fue entregada el el 1 de junio del año 2002 y que incorporó más metros cuadrados a la playa y nos invita a ser parte del verano, pero del verano actual, el rápido, él con deportes «adrenalinicos» de moda, música de violentas letras y ropas de marca que parece preocuparse más de la forma que del esparcimiento familiar en su esencia. Un verano con un sol más insistente y peligroso que parece querer enfermar y no solo acalorar para un buen baño refrescante, un verano que a nosotros los más viejos nos hace extrañar las tardes soleadas de nuestra pasada infancia y juventud.
Algún ingeniero carente de memoria, sin consulta alguna, de un plumazo lleno de tinta nueva y diseñadora, en un papel blanco llamado plano decidió borrarla, destruirla, simplemente no contemplar a «La Poza Chica» en las nuevas obras…Cuando por este acto de reestructuración arquitectónica, este rectángulo de agua salió del moderno proyecto, lo que salió también con ella, fue el futuro donde seguirán creándose las vivencias de Madres, Abuelas, nietos e hijos e hijas pequeñas jugando en el Mar, Padres enseñándole los secretos del Océano a los más pequeños…Estos eventos, ahora son solo recuerdos de lo que queda en la memoria de algunos nostálgicos y cronistas del ayer.
Sin duda los tiempos cambian, pero para algunos nostálgicos la poza chica no desaparecerá jamás, porque fueron en sus aguas amigas y bajo la atenta mirada de nuestras familias, especialmente de nuestras Madres y Abuelas, donde algunos conocimos por vez primera el hermoso mar de mi querida Antofagasta.