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sábado, mayo 8, 2021

En búsqueda de la felicidad

"Si hacemos la suma de todos los militantes de los 15 partidos políticos ofíciales, llegamos a la cifra de 394.220 personas. Eso es la cantidad de gente que actúa en los partidos políticos hoy en Chile. Es decir el 2,7% del padrón electoral en su totalidad", Cristian Zamorano, Doctor en Ciencias Políticas

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Quizás es el final de un ciclo. Quizás este comenzó cuando también se inicio una cierta mentira, quizás todo ha comenzado cuando se aseguraba que “la alegría ya venía”. Esa alegría, que nunca llegó plenamente o como se pensaba que llegaría, en el fondo como en la forma, esa alegría que iría más allá del desahogo de terminar con una dictadura y de las privaciones de libertades que conlleva. Fue la primera y gran decepción de todo un pueblo que se reencontró con la democracia. Una  decepción que en más de 30 años nunca se manifestó propiamente como tal, sino quizás hasta el 18/O.

En todo caso, esa promesa no cumplida fue una promesa del mundo político. De esos partidos políticos que conformaron una coalición ad hoc, es decir especialmente para la oportunidad que representaba el plebiscito de 1988, la llamada “Concertación de Partidos por el No”, qué pasó a ser cuando gobernó  la “Concertación de los Partidos por la Democracia”, para terminar siendo la “Concerta” y luego transformarse en la Nueva Mayoría. Hubo momentos de euforia durante todo ese período, muchos se transformaron, o pensaron transformarse en “propietarios” de casas, automóviles, vacaciones antes inalcanzables y todo eso a costa de deudas, cuotas, tasa de interés, en un país en donde la tarjeta de crédito en muy poco tiempo se transformó en la hechicera del consumo. Un lugar donde se confundió poder adquisitivo y capacidad de endeudarse.

Los partidos políticos, en cuanto a ellos, se reencontraron con el poder del cual habían sido apartados durante 17 años y justo al inicio de un periodo de bonanza económica y de las privatizaciones de las joyas del Estado. El color y el olor del dinero desarrollo la corrupción, el amiguismo, el nepotismo, lo importante era participar del poder para obtener las deseadas prebendas. Así, los partidos se transformaron solamente en “instrumentos” para alcanzar el poder, los puestos que les permitirían solventar a sus pares. Este proceso de degradación política los llevo a vaciarse, no solamente de sus militantes, sino también de sus propios objetivos ideológicos, de su substancia misma, de lo que en teoría constituye la esencia de un partido político: por ejemplo el humanismo cristiano para la Democracia Cristiana, el socialismo para los socialistas, para el PPD nunca nadie supo claramente lo que era. Sin embargo, luego aparecieron los compromisos, los puestos con sueldos inflados, los “puestesitos” inventados, el cueteo, la repartición de la torta; surgieron los familiares, los operadores políticos, los apitutados, se creó progresivamente una distancia abismal entre los chilenos y lo que podría denominarse como “nueva clase política”.

Durante todo el estallido social, los partidos políticos, de esa misma clase política, jugaron con el “tiempo”. Se dieron prisa para firmar un acuerdo a espalda del movimiento social que se manifestaba en las calles, luego se fueron poniendo fecha para llegar a nuevos acuerdos, y cada fase de ese calendario nos alejó aun más de los motivos por los cuales se  produjo el estallido social. Mayor prueba de aquello, últimamente, toda la discusión acerca de la postergación de las elecciones para saber si los alcaldes-candidatos podían volver a sus cargos por un poco más de una semana antes de las nuevas fechas de las elecciones, una preocupación fundamental para toda la ciudadanía. Decisiva y de prima urgencia.

Todas esas jugarretas hoy no funcionan, o funcionan menos que antes, pero no impiden que los partidos políticos sigan con los mismos vicios del reciente pasado. Hoy, tras la aplicación de la ley que fue aprobada por el Poder Legislativo durante el verano y que, entre otros objetivos, buscaba terminar con los afiliados que al no refichar en sus colectividades quedaron suspendidos de sus derechos de militantes, la mayoría de los partidos políticos sufrieron una importante merma en sus padrones. El PS (Partido Socialista) y PPD (Partido Por la Democracia) perdieron 147 mil afiliados, la Democracia Cristiana pasó de tener 103.340 militantes a solo 32.237, mientras que la UDI bajó de 96.835 a 41.301 miembros.

Si hacemos la suma de todos los militantes de los 15 partidos políticos ofíciales, llegamos a la cifra de 394.220 personas. Eso es la cantidad de gente que actúa en los partidos políticos hoy en Chile. Es decir el 2,7% del padrón electoral en su totalidad, ya que la cantidad de personas en capacidad de votar es de casi 14,8 millones ¿Hay una crisis de la representatividad? La pregunta que convendría hacerse acá más bien es, ¿hay representatividad?.

Después del 18/O se notó con más claridad que algunos ciudadanos han aprendido a organizarse un poco más al exterior de los partidos políticos ya que estos no supieron concentrar el conjunto de las reivindicaciones sociales y transfórmalas en proyecto político. Esta sordera y ceguera llevó a diferentes grupos a organizarse según sus propias reivindicaciones. Así aparecieron los animalistas, feministas, ecologistas, que lógicamente terminan postulando a cargos de representación y se confunden con los mismos que ellos combaten.

También vimos la aparición de los famosos candidatos independientes, que no son tan independientes al final, los que toman cupos que no le corresponden, los que regresan desde la tumba para candidatearse, los familiares que siempre están presentes, el populismo de mala factura, los candidatos del descontento general y de la redes sociales pero sin ningún fondo político, etc.

La sociedad cambia, el mundo cambia, las costumbres cambian, pero los políticos continúan con sus mismas debilidades sin comprender, en nuestro caso, lo que vive el chileno de a pies. Como lo indicaba el escrItor Charles Peguy a inicio del siglo XX, “los partidos políticos viven de su mística y mueren de sus prácticas”. Quizás sin saberlo, hay muchos muertos caminantes en este país. Una verdadera película de zombies. Salvo que acá, estos gobiernan y legislan. Pero sólo hasta el inicio de un nuevo ciclo “político” que también arriesga de prometer mucha alegría, cuando muchos temen ver venir un verdadero caos.

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