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martes, junio 22, 2021

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"El populismo siempre ha llegado al corazón de los que quedan atrás cuando se está viviendo un cambio social brutal. Pero una vez en el poder, este tampoco les entrega tanto y soluciona algo", Cristian Zamorano, Doctor en Ciencias Políticas

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Estando ad portas de un fin de semana de elecciones fundamentales para el país y la ciudad, quisiera esta semana insistir en definir el concepto de populismo ya que es una palabra muy empleada y que nuestra ciudad no está exenta de experimentar tal fenómeno. De hecho ya lo ha experimentado, desde hace varias décadas ya. Sola la forma cambia, se adapta, se actualiza y el nivel de incompetencia que le es corolario se acentúa en función de los casos.

Originalmente, el término “populismo” apareció en el campo literario, se refería a una corriente de novelistas rusos que buscaban retratar de manera realista, a través la narración, la vida de la gente común. Fue solo un poco más tarde que la palabra “populismo” empezó a referirse a una ideología particular, unos intelectuales favorables al socialismo de espíritu ruso, anti zarista por naturaleza, se hicieron denominar “populistas”. El actual uso peyorativo de la palabra, en el idioma llano, se remonta solo a la década de los 80, pero eso no impide que el populismo siempre haya existido y que en la casi totalidad de los casos, haya sido nefasto.

Uno puede detectar la presencia de un cierto “populismo” a través de las formas de hablar empleadas por los política adeptos de tal corriente y por las posturas que suelen adoptar. El líder populista no representa sino que encarna a la masa, toma al rebote la palabra de la gente, él o ella es el pueblo, su encarnación. Frente al verbo alto, la elocuencia técnica de un tecnócrata, hablará con una voz clara y básica. Y por eso también será demagogo. Es decir que prometerá tomar las decisiones que el pueblo quiere escuchar, sin tener idea si es potencialmente factible ni de que manera eventualmente se podría realizar. Solo se trata de convencer prometiendo. Salvo que a la diferencias de los otros tipos de políticos, se adaptara de la mejor manera posible a lo que la gente quiere escuchar: “¡Aumentemos desde hoy el poder adquisitivo!”;” ¡Borremos de un tiro esta deuda!”, “Echaremos a todos los delincuentes e ilegales extranjeros a partir de mañana”, “¡Saquemos el 100% de las AFP!”; “Recuperemos desde ya nuestro lustre pasado”… ¿Cómo?, ¿De que manera? ¿ En cuántas etapas? ¿Con cuales fondos?. Todas esas son preguntas que no les interesan al populista.

Su afán es denunciar situaciones de hecho que le permitan posicionarse como la persona llamada a resolver todo eso, que aparezca él o ella como el hombre o mujer político providencial. El único problema es que para creer en la providencia hay que creer un poco en Dios, y tenemos claro que no todos creemos en los (falsos) profetas.  Por lo demás, en política, en lo absoluto, la problemática mayor no está tanto en proponer y divulgar ideas, tan absurdas sean estas, sin fondo o absolutamente incoherentes inclusive. La dificultad principal reside en saber cómo se puede poner en aplicación lo que uno promete.

En realidad, el populismo parece ser menos un programa político que un estilo de comunicación. El hecho empírico que existan “populismos de derecha” como “populismo de izquierda” aboga por una cierta inconsistencia de la noción. Un profesor en la universidad me decía que, a veces, en política, “ para seducir, hay que saber simplificar”. Y para simplificar, que mejor herramienta que el llamado a la emoción, que es lo que mejor comparte la gente a la hora de las redes sociales, en una plataforma como Facebook por ejemplo. Y si la democracia de opinión ya es una forma de democracia que tiene un pulso intenso y de loco, ¿qué va suceder con la democracia de los afectos? Y hay candidatos que hacen exclusivamente campaña sobre estas las emociones, las que están a su paroxismo en tiempo de confinamiento y encierro.

Según mi percepción, el populismo no es una ideología, tiene en realidad un significado más existencialista que político. Es más retórica que ideología política. Y al final, el descrédito de las mismas ideologías ha tenido importantes consecuencias negativas. No hay ni coherencia ni consecuencia en los partidos políticos, no hay escuela de formación en aquellos, no hay reflexión sobre el momento que estamos viviendo, el momento que se está enfrentando en el contexto internacional y como nosotros, como país, encajamos en dicho contexto. Y si no hay diagnósticos y propuestas claras y técnicas, correspondientes a una cierta percepción de una realidad compartida, y eso en un entorno de participación ciudadana, la aparición de “payasos” y “payasas” en política se va multiplicar. Y se han multiplicado exitosamente. Estas elecciones para algunos se va a asimilar cada vez más a un concurso de “elección de miss”. En nuestro caso, a una campaña “Miss universo Antofagasta”; concurso donde predomina la emoción, desde la más noble hasta la más animal que sea, pero emoción al fin y al cabo. Poco contenido, mucha comunicación; muchas críticas, pocas propuestas; muchas redes sociales, poca acción en terreno.

La Historia nos dicta mucho. El populismo siempre ha llegado al corazón de los que quedan atrás cuando se está viviendo un cambio social brutal. Pero una vez al poder, este tampoco les entrega tanto y soluciona algo.

Hoy, el concepto “populismo” está de nuevo haciendo historia, inclusive en Antofagasta, y sobre todo construye su propia historia, imponiéndose como un nuevo parámetro, a través de recientes artificios, en las sociedades en las cuales este mismo se desarrolla. De hecho, es de eso de lo que se trata cuando hablamos de populismo.

Cuando este aparece, esto nos reenvía a la sociedad y a sus males: el gran sociólogo Émile Durkheim incluso hablaría de “patología” social en estos casos. El populismo apunta siempre, en primer lugar, a un estado de malestar, al de una sociedad donde la política ha sido derrotada en su función esencial, en su vital capacidad de asegurar la mínima convivencia entre los individuos. Cuando esta desastrosa y putrefacta situación sucede, como por mecanismo y/o reflejo, la ciudadanía se “opondrá” a la política, a su corpus representante, denunciando sus deficiencias, abusos y “arreglines”, mientras que los oportunistas especializados, bomberos pirómano del oficio profesarán protestar virulentamente contra el orden en vigor, siendo esto el inicio y el final de su propuesta.

Como lo indica el profesor Bertrand Badie, donde la movilización revolucionaria apunta a establecer un nuevo sistema; el de un mundo que debe “cambiar su base”; el movimiento populista reclama, en cuanto a él, un accesible desafío y una simple sustitución de personal, de “plantilla profesional” de los que están al mando. El primero, revolucionario, va ofrecer un nuevo modelo de ciudad y paradigma de gobernanza, cuando el segundo no busca ninguna innovación, pero muy a menudo un simple retorno hacia las virtudes ancestrales de las personas, a un pasado embellecido y fantaseado, a un sentido común abandonado por los egoísmos o las debilidades de los líderes.

Porque también tengamos claro algo. La culpa primera de la aparición y éxito del discurso de índole rupturista, pertenece a los que debían velar por el interés general, es el fruto de la consolidación de las élites en su irresponsabilidad y sus privilegios. Desafortunadamente, la solución a aquello no es tan simple, y no vendría de un día para otro. Pero la “ venta de humo” solo intoxicará un posible acercamiento a aquella. Esta también será un resultado mecánico a la llegada de un populista al poder.

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