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jueves, junio 24, 2021

De la derecha, conceptos y (menos) votos

"Hoy la derecha en la región de Antofagasta ya no es popular, por decirlo menos. Ha perdido mucha influencia y por rebote replantea imprescindiblemente la cuestión del liderazgo", Cristian Zamorano, Doctor en Ciencias Políticas

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Hoy, se confunden tres conceptos que están ligados pero que deben distinguirse. Ser “popular” no es sinónimo de ser “influente”, aplicando acá el denominativo no en el sentido de “influencer” de redes sociales, sino en el de tener influencia, sus “entradas”, una cierta capacidad para hacer lobby. Ser  popular, es decir objetivamente beneficiarse de una tasa de conocimiento consecuente, si bien no significa tener influencia tampoco, y quizás aún menos, significa tener liderazgo. Él que está en política debe evitar ese error si no quiere estar en zona de peligro. En buen chileno, uno no se puede creer el “hoyo del queque” cuando apenas es un ingrediente. Prescindible por lo demás.

Hoy la derecha en la región de Antofagasta, y también en gran medida en el país, ya no es popular, por decirlo menos. Ha perdido mucha influencia y por rebote replantea imprescindiblemente la cuestión del “liderazgo”. Este último concepto puede ser definido de diferentes maneras, pero podemos ponernos de acuerdo sobre el hecho que ser líder implica a lo menos tener una visión de las cosas y compartirla con los demás. De hecho, si vamos a la primacía misma del concepto de “política”, a su raíz, podemos subrayar que la característica de esta radica en “lo común”. No en lo “común y corriente” sino más bien en lo que interactúa, en lo que concierne a varios, en lo que involucra comunidad. Si, por lo contrario, los objetivos planteados sólo conciernen a una candidatura, si la visión se limita solo a logros electoralistas, el liderazgo será solo circunstancial y cuando la popularidad baje, este se desvanecerá y con ella, más lentamente, la influencia que le es concomitante.

En noviembre 2017, la diputada Paulina Nuñez arrasaba en las legislativas con una votación superior a 37.000 votos, arrastrando con ella, hasta el Congreso, un neófito absoluto en política pero conectado con el sector alto y económico de la ciudad y que desde ahí no ha brillado mucho más que en aquello día de su elección. Tan así, que en estos tiempos tan especiales, aparece hasta inconveniente postularlo de nuevo.

En marzo 2018, después de un inicio algo caótico ya que se cayeron varios nombramientos de Seremis, se conformó un gobierno regional al imagen de lo que deseaba la diputada Núñez, instalando de hecho un Intendente que hoy es el candidato de la derecha para la segunda vuelta de la elección que va designar el primer gobernador regional electo en la zona, y acá asistimos a un escenario algo surrealista cuando pensamos en la situación de ese sector. Porque, parafraseando al Poeta: “los de entonces, ya no son los mismos”.

Desde una entrevista en este mismo medio, a inicio de enero, donde el candidato RN, Marco Antonio Díaz, indicó que no estaba seguro, frente al desempeño político de la diputada, de apoyar ciegamente una candidatura de esta misma a Senadora, los respaldos se enfriaron.

A justo título o no, eso podría ser objeto de debate, el asunto es que frente al tsunami que pueden plausiblemente representar los votos de izquierda en la región en la futura elección (130 mil v/s 36 mil en el último fin de semana electoral), quizás acá una cierta visión y plan de acción de urgencia frente a esta situación podría manifestarse. Un cierto liderazgo. En su primera entrevista después de la derrota de la derecha en la región, la diputada reafirmó que era ella la candidata de su sector para la senatorial.

Si aplicamos un lógica electoralista, se deben mirar las cifras fríamente y podríamos deducir que el universo electoral de la derecha en la región se ha reducido ostensiblemente. En efecto, en la presidencial de 2017, el candidato Sebastian Piñera obtuvo más de 61 mil votos y la lista de candidatos a diputados de lo que iba a constituir el Oficialismo alcanzó en cuanto a ella una cifra en torno a 55 mil. La plusvalía de Sebastian Piñera para ese sector sería entonces representado por los 6 mil votos de más que obtuvo comparado a la lista para las legislativas.

Para saber qué cifra realmente representa ese sector hoy en día, tendríamos dos indicadores recientes; la votación para convencionales, que fue paupérrima con un poco más de 21 mil votos, y por otro lado la del candidato RN de ese sector para la de gobernador, porque era la única propuesta en esa elección para ese sector contra 4 de una sensibilidad de izquierda. Este último obtendrá un poco más de 36 mil votos; 15 mil más que los de convencionales. Por ende, podríamos pensar que hay más simpatizantes de derecha (15 mil más) que se manifestaron en la elección de gobernador que militantes o ideologizados duros que fueron a votar en la de convencionales. Y quizás ahí está el electorado que sigue al candidato, quizás ahí está su plusvalía comparada a la cifra de su sector. No es por nada que hoy en día, en sus diversas salidas mediáticas, hace llamado a los que votan independientes.

En base a esa cifra podríamos estimar su” liderazgo independiente” a 15 mil votos en la región. La problemática para él, más allá de su capacidad de movilización de su electorado, es saber cuánto de esos votos se van a repetir en la segunda vuelta, porque que gane o pierda es sobre esa cifra que será juzgado. Y los de su sector lo están esperando ahí. Algunos apoyándolo o la gran mayoría solo observándolo. El individualismo y el cálculo pequeño; siempre siendo la gran virtud de la derecha y de la política en general. La, a veces muy mal llamada, “real politik”, siempre aparece a un momento dado.

No olvidemos que hace poco, a nivel local, tuvimos a una alcaldesa quien desde su entrada en política quiso ser popular, lo que innegablemente resultó. El único problema es que siguió con esa misma tónica una vez electa, olvidándose, en algunos aspectos de sus mandatos, de gobernar y fortalecer su posición y equipo, terminando por contratar indebidamente a un asesor comunicacional para ganar su segunda elección. Nunca cambio la axiología de su actuar. Mucha comunicación, poco liderazgo, y eso, al igual que en un cuento de Fausto, le pasó la cuenta. Esto no solo concierne a una ex neófita. Podemos ver en la región que Alejandro Guillier, quien era indiscutiblemente popular hace algunos años atrás, hoy tener muy poca influencia al interior de su propia coalición, ejerciendo un liderazgo pobre.

Silogismo. Popularidad no es liderazgo pues sin liderazgo no se puede tener influencia, sin influencia no se tiene poder, y sin poder es muy difícil mantener una popularidad efectiva. Pero consideremos la atenuante del siglo en el cual vivimos; el de Facebook, Instagram, retwitteos y trending tropic, ese es el canto de sirena 2.0 que pueda llevar a cualquier marino poco advertido a estrellarse contra las rocas. Ese mismo riesgo se corre cuando uno hace depender un cierto manejo del poder de los vaivenes de la opinión pública, transformando una democracia mediocramente representativa en un “ersatz” de democracia directa. Algo en el fondo de profundamente abstruso. Véase todo el debate en torno al retiro de los fondos AFP.

Lo que sin lugar a duda no es abstruso, no es vacío de sentido, es el hecho que gracias a las nociones de popularidad e influencia se puede dar espacio a la aplicación de los conceptos de “autoridad” y “pertinencia” en el uso de esta. Pero no se debe olvidar que en un primer tiempo, siempre es el sello de autoridad el que primará. Y la autoridad más sostenible es la que genera legitimidad. Un concepto que está por encima de los de “popularidad”, “influencia” y “liderazgo”.  El que a los ojos de la mayoría de los ciudadanos, muchas de las autoridades actuales han perdido.

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